viernes, 27 de diciembre de 2013

EL TREN DE LA VIDA


La vida es como un viaje en un tren, con sus estaciones, sus cambios de vías, sus accidentes.
Al nacer nos subimos al tren y nos encontramos con nuestros padres, y creemos que siempre viajarán a nuestro lado, pero en alguna estación ellos se bajarán dejándonos en el viaje solos. De la misma forma se subirán otras personas que serán significativas: nuestros hermanos, amigos, hijos y hasta el amor de nuestra vida. Muchos bajaran y dejaran un vacío permanente. Otros pasarán tan desapercibidos que ni nos daremos cuenta que desocuparon sus asientos! Este viaje estará lleno de alegrías, tristezas, fantasías, esperas y despedidas. El éxito consiste en tener una buena relación con todos los pasajeros, en dar lo mejor de nosotros.
El gran misterio para todos, es que no sabemos en que estación nos bajaremos, por eso, debemos vivir de la mejor manera, amar, perdonar, ofrecer lo mejor de nosotros... Así, cuando llegue el momento de desembarcar y quede nuestro asiento vacío, dejemos bonitos recuerdos a los que continúan viajando en el tren de la vida!!!!
Te deseamos que el viaje en tu tren para el año que viene sea mejor cada día, cosechando éxitos y dando mucho amor. Ah! Les damos las gracias a todos por ser pasajeros de nuestro tren.
Lo conduce Dios, vamos tranquilos!

viernes, 13 de diciembre de 2013

TELOS

Transitar sin fin, recuperar el mundo


Cuando se toma una calle o un camino con la vista o con la mente puestas en el destino al que se espera llegar (el filosófico telos), entonces el tránsito, la actividad misma de desplazarse, de desenvolverse por la ciudad o el campo, es solo un medio o un “momento” -en lenguaje hegeliano-, en ese proceso que debe, necesariamente, llegar al fin propuesto. El sentido, el valor y la razón de ser del movimiento tienen su fuente en la meta a la que se quiere arribar. Si por algún motivo no se alcanza el destino planeado entonces la marcha habrá fracasado. Vacía de sentido se perderá en el recuerdo del “debió ser”.
Seamos hegelianos, marxistas, cristianos o incluso ateos, la mayor parte de nuestra vida la transitamos -consciente o inconscientemente-, precisamente, guiados por esta lógica de los fines, trascendente y vertical, obsesionados por el porvenir (un relato fundacional de esta lógica se encuentra en la Ética a Nicómaco de Aristóteles). Así, en sentido estricto, fuerte, no vivimos el presente que pasa, que fluye a través de nosotros y en el que fluimos nosotros. No experimentamos la existencia o el Ser como Tiempo, Duración o Devenir. Por ello, fenomenológicamente hablando, no nos percibimos aquí (y ahora) sino siempre allá (y después), distendidos en un tiempo entendido como Cronos y, por ello, apresados en las garras de una linealidad temporal donde el pasado ya fue, el presente nunca es y el futuro aún será. Así, nunca existimos/insistimos plenamente.
Marchar sin telos, por el contrario, supone una transformación (inversión e incluso perversión) de nuestra manera de comprender la forma en la que ocupamos y nos desplazamos por el espacio y el tiempo (¡y la existencia!). Desde esta perspectiva, lo primero es asumir nuestra condición de seres arrojados -da-sein o ser-ahí, en lenguaje heideggeriano-, es decir, de seres que han atravesado por el acontecimiento traumático de la muerte de Dios. Acontecimiento que refiere, entre otras cosas, a la desaparición de toda finalidad para la existencia: el paradójico “fin de todos los fines”. En tanto tales, entonces, no tenemos a dónde ir, al menos no de manera predeterminada e imperativa. Ante semejante situación desesperada, se nos exige crear fines propios, deseados e inmanentes, desde los que emane el sentido y el valor de la propia y singular existencia (y haciendo un esfuerzo sobre humano, ¿también de la existencia en general?). Sin embargo, ubicado en una posición extremadamente radical, quien marcha sin telos (en la vida o en la calle), es quien ha renunciado al deseo de fundar (absolutamente), quien, por lo tanto, apropiándonos del bello título de una obra cartesiana, ha decidido vivir solamente bajo la guía de una “moral provisional”. Esto es, en equilibro sobre la cuerda floja de lo transitorio, inestable e impredecible; abierto a los encuentros de la experiencia del afuera, a las aventuras del pensamiento.
¿Qué gana y qué pierde este caminante existencial? Pierde, ya Nietzsche nos lo había advertido, las certezas que le permiten tener un mundo estable, amable, cualificado como verdadero. Y esto parece ser mucho. Sin embargo, esto es experimentado como algo negativo, como una real pérdida, solo por quienes han sido habituados a vivir bajo el imperativo del orden y el control: los sobre-protegidos (¡somos la mayoría ciertamente!). En cambio, esto aparece para los exploradores de tierras desconocidas, para los fundadores de mundo, como una ganancia infinita que consiste en la recuperación o reapropiación de la densidad del presente que pasa, del mundo como realidad existente ahí afuera y de sí mismo como fragmento material de ese real. Así, quien renuncia al Fin (trascendente) abraza al medio que, inmediatamente, deja de ser tal para convertirse en fin (inmanente). Así afirma la vida, una vida. Gracias a ello se le apertura una dimensión de la existencia/experiencia que antes perdía de vista: lo inmediato o lo-dado-ahí-para-ser-tomado-en-cuenta. Esto es, como decía Stanley Cavell, la recuperación de lo cotidiano, de las pequeñas cosas, de lo ordinario, de las pequeñas percepciones. Se accede así a una presentificación del mundo (se presenta en el presente vivido), en la que se hace posible una percepción ampliada o profunda, pues ya no depende de un pensamiento y de una voluntad sometidos a un porvenir tiránico que limita, coacciona, dirige el presente y todo lo que en él debe ser visto, pensado, deseado, realizado. Se libera entonces la percepción -y la experimentación en general- para que quede abierta a lo impredecible, a lo intempestivo, a la multiplicidad heterogénea y diferencial que el vivir en medio del devenir nos ofrece.
Una vez instalados ahí, en medio del plano de inmanencia de la vida, intermezzo, empezamos a ver. Amanece en el mundo por primera vez.

jueves, 11 de julio de 2013



San Benito
Abad, patrono de Europa (c. 480-547) Nació en el año 480 en Nursia (Italia).   Formado en Roma, vivió retirado llevando vida eremítica, reunió algunos discípulos y fundó varios monasterios en Subiaco.   
 Más tarde fundó el célebre monasterio de Montecasino y allí murió en el año 547, después de escribir la Regla monástica que lleva su nombre y que ha sido la más extendida en Occidente.   El Papa Pablo VI lo proclamó patrono de Europa por el extraordinario influjo que tanto su persona como sus monjes ejercieron en el establecimiento de las raíces cristianas en este continente.   
 Medalla de San Benito  La Cruz – Medalla de San Benito data de una época muy antigua y debe su origen a la gran devoción que el Santo profesaba al signo adorable de nuestra Redención y al uso frecuente que de él hacía y que recomendaba a sus discípulos para vencer las tentaciones, ahuyentar al demonio y obrar maravillas.   
 En un principio y durante muchos años la devoción a esta Cruz – Medalla de San Benito fue meramente local y exclusiva de los monasterios Benedictinos.  
  Explicación: la medalla de San Benito representa, de un lado, la imagen de la Cruz y en el otro, la del Santo Patriarca  El lado de la Cruz suele estar encabezado, o por el monograma del Salvado: IHS, o por el lema de la orden benedictina: PAX.  
En los cuatros ángulos de la Cruz háyanse grabadas las siguientes iniciales:
C.S.P.B., que significa: Cruz Sancti Patris Benedicti, o sea: Cruz del Santo Padre Benito, las cuales son como un anuncio de la Medalla y no forma parte del exorcismo.   
En las líneas vertical y horizontal y alrededor de la Cruz se leen, en el siguiente orden, estas otras iniciales, cuyas palabras componen la oración ó exorcismo que tanto teme Satanás y que conviene repetir a menudo:    
C.S.S.M.L.  Cruz Sancta Sit Mihi Luz La Santa Cruz sea mi luz  
N.D.S.M.D.  Non Draco Sit Mihi Dux No sea el dragón mi guía  
V.R.S.  Vade Retro Satanás Retírate Satanás 
 N.S.M.V. Numquam Suadeas Mihi Vana No me aconsejes vanidades   
 S.M.Q.L.  Sunt Mala Quae Libas  Son cosas malas las que tú brindas  
I.V.B.  Ipse, Venena Bibas Bebe tú esos venenos

sábado, 1 de junio de 2013


Libro de Eclesiástico 51,12-20a.
Por eso, quiero darte gracias y cantarte, bendeciré el Nombre del Señor.
Desde que era joven, antes de todos mis viajes, resueltamente he pedido en mi oración la sabiduría.
Me quedaba frente al Santuario para pedirla, y hasta el final la buscaré.
En ella hallé mi alegría: venía como flor de un racimo que madura. Avancé en mi camino sin desviarme, y seguí sus huellas desde mi juventud.
Apenas empecé a ponerle atención, se me concedió, y encontré en ella toda una doctrina.
¡Cuánto no progresé gracias a ella! Quiero rendirle gloria al que me la dio.
Me había decidido a ponerla en práctica, busqué ardientemente el bien y no me he arrepentido de ello.
Me hizo soportar duros combates, pues me esforcé por cumplir toda la Ley. Levantaba mis manos hacia el cielo, deplorando mis insuficiencias al respecto.
Me volví a ella con toda mi alma, y la encontré a fuerza de purificación. Por lo demás, fue debido a ella que, desde el comienzo, fui amo de mi corazón: ahora no me abandonará jamás.

jueves, 9 de mayo de 2013


 
                    

jueves 09 Mayo 2013

Profeta Isaías





No todos los Profetas nos dejaron sus visiones en forma de escritos. De Elías y Eliseo, por ejemplo, sólo sabemos lo que nos narran los libros históricos del Antiguo Testamento, principalmente los libros de Samuel y de los Reyes.

Entre los vates cuyos escritos poseemos es, sin duda, el mayor Isaías, hijo de Amós, de la tierra de Judá, quien fue llamado al duro cargo de profeta en el año 738 a.C., y cuya muerte ocurrió probablemente bajo el rey Manasés (693-639). Según una antigua tradición judía, murió aserrado por la mitad, a manos de verdugos de este impío rey. En 442 d. C. su restos fueron transportados a Contantinopla. La Iglesia celebre su memoria el 6 de julio.

Isaías es el primero de los Profetas del Antiguo Testamento, desde luego por lo acabado de su lenguaje que representa el siglo de oro de la literatura hebrea, mas sobre todo por la importancia de los vaticinios que se refieren al pueblo de Israel, a los pueblos paganos y a los tiempos mesiánicos y escatológicos. Ningún oto profeta vio con tanta claridad al futuro Redentor, y nadie, como él, recibió tantas ilustraciones acerca de la salud mesiánica, de manera que San Jerónimo no vacila en llamarlo "el Evangelista entre los Profetas".

Distínguense en el Libro de Isaías un Prólogo (cap. 1) y dos partes principales. La primera (cap. 2 a 35) es una colección de profecías, exhortaciones y amonestaciones, que tienen como punto de partida el peligro asirio, y contiene vaticinios sobre Judá e Israel (2, 1 a 12, 6), oráculos contra las naciones paganas (13, 1 a 23, 18); profecías escatológicas (24, 1 a 27, 13); amenazas contra la falsa seguridad (28, 1 a 33, 24), y la promesa de salvación de Israel (34, 1 a 35, 10). Entre los profetas descuellan las consignadas en los capítulos 7 a 12. Fueron pronunciadas en tiempo de Acaz y tienen por tema la encarnación del Hijo de Dios, por lo cual son también llamadas El Libro de Emmanuel.

Entre la primera y segunda parte media un trozo de cuatro capítulos (36 - 39), que forma algo así como un bosquejo histórico.

El capítulo 40 da cominezo a la parte segunda del libro (cap. 40 a 66), que trae veintisiete discursos, cuyo fin inmediato es consolar con las promesas divinas a los que iban a ser desterrados a Babilonia, como expresa El Eclesiástico (48, 27 s.).

Fuera de eso, su objeto principal es anunciar el misterio de la Redención y de la salud mesiánica, a la cual precede la pasión del siervo de Dios, que se describe proféticamente con la más sorprendente claridad.

No es de extrañar que la crítica racionalista haya atacado la auntenticidad de esta segunda parte, atribuyéndola a otro autor posterior al cautiverio babilónico. Contra tal teoría, que se apoya casi exclusivamente en criterios internos y linguísticos, se levanta no sólo la tradición judía, cuyo primer testigo es Jesús, hijo de Sirac, (Ecli. 48, 25 ss.), sino también toda la tradición cristiana.

Para la interpretación del profeta Isaías y de todos los profetas hay que tener presente el decreto de la Pontificia Comisión Bíblica, del 29 de junio de  1908, que establece los siguientes principios:

1. No es lícito considerar las profecías como productos de la historiografía post eventum, es decir, compuestos después de los acontecimientos que se pretende vaticinar.

2. La opinión de que Isaías y los demás Profetas sólo anunciaron cosas fáciles de conjeturar, no se compagina con las profecías, especialmente con las mesiánicas y escatológicas; ni con la opinión general de los Santos Padres.

3. No se puede admitir que los Profetas debieran hablar siempre en forma inteligible, y que por esto la segunda parte del libro, en la cual el profeta consuela a las futuras generaciones, como si viviese en medio de ellas, no pueda tener por autor a Isaías.

4. La prueba filológica, sacada del lenguaje y estilo, para combatir la identidad del autor del libro de Isaías, no es de tal índole que obligue a reconocer la pluralidad de autores.

El creyente que lea este divino libro con espíritu de oración, no tardará en descubrir que las profecías no son simples anuncios, sino que contienen ricas enseñanzas de vida espiritual, preciosas para anunciar nuestra fe y esperanzas.