jueves, 4 de octubre de 2012

San Francisco de Asís





San Francisco de Asís  
(1181-1226)  Las oraciones de la Misa trazan hoy un fiel retrato de San Francisco. Este hombre de Dios «dejó su casa, abandonó la herencia que le pertenecía y logró llegar a ser pobre y necesitado; v así. el Señor le tomó a su servicio».
Francisco llevó una vida «asemejándose a Cristo por la humildad y la pobreza», llena de «amor jubiloso»; «se consagró al misterio de la cruz»; «en su caridad y en su celo apostólico», se puso al servicio de todos para salvarlos a todos.   Francisco de Asís es, sin duda, el santo cuya vida ha reproducido más a la letra la de Jesús.
Desde el día en que, en San Damián oyó cómo le decía el Crucificado: «Vete y repara mi Iglesia en ruinas» (1206) hasta aquel otro en que, sobre el Averno, recibió los estigmas de la Pasión (1224), y al de su muerte, tendido en tierra, cerca de Santa María de los Ángeles (1226), toda su vida dilatada de itinerante entre sus hermanos a los que por humildad, llamó Hermanos Menores.
Francisco no tuvo otro deseo que fijar sus pasos tras las huellas de Jesús, a fin de vivir las Bienaventuranzas. «Dichosos los pobres»: Francisco se encuentra reflejado por entero en esas palabras: . dicha y pobreza, dicha nacida de la pobreza, simplicidad de corazón y humilde adhesión a los ministros de Jesucristo, ternura para con todos los hombres y, más allá de ellos mismos, para con todas las criaturas, tal es el secreto de la felicidad que Francisco enseñó a sus hermanos y hermanas.   Y su mensaje sigue permanente en la Iglesia.«El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce ... », dirías que es el santo más para todo el mundo.
Ateos, agnósticos, herejes, anticlericales, todos sienten una ternura especial por el Poverello, y de esta manera quizá se abarata un poco su santidad, hecha sentimentalismo laico.   De todas formas, quede claro que no era un bohemio caprichoso, como hijo de mercader sabía muy bien lo que costaba el dinero, pero también que el camino hacia Dios pasa por la renuncia, por lo que suele llamarse pobreza, y cuando ya no tenemos nada habrá que seguir dando, se da uno mismo, lo que se es.
Mientras tengamos cosas, éstas nos protegen de Dios, y una vez libres de las cosas y de su deseo, sólo queda darse, y eso es lo que significa la Pobreza. Lo que todos queremos rehuir prescindiendo cómodamente de lo exterior y de lo superfluo, hasta que desnudos de todo, se acaba dando el último reducto, la voluntad.   Y sin embargo nadie glorificó como él la Creación, el hermano mundo. Desprendido de todo y amante finísimo de todo, del agua, del fuego, de la tierra, del aire, del hermano lobo, de la hermana ceniza, que es casta, decía, hasta de unos pasteles de almendra que le preparaba cariñosamente una devota.
El mundo, visto a través de Dios, es fraterno y hermoso, hasta en la hermana muerte, se disfruta en su voluntaria privación. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener: no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo, siendo libre de las cosas se señorea alegremente el universo.   ¡¡¡ paz y bien !!!  Paix et bien!!!  frieden und guten!  Pace e bene!  Peace and godness!

miércoles, 3 de octubre de 2012

San Francisco de Borja





San Francisco de Borja

(1510-1572)
Duque Gandía, Marqués de Lombay, Virrey de Cataluña y Grande España de la noble y turbulenta estirpe de los Borgias, bisnieto del Papa Alejandro VI, de no muy feliz memoria, gran señor, cortesano, amigo del emperador Carlos, que cambió todo el oro del mundo por seguir a ese Señor que nunca habría de faltarle.

Nació Francisco en Gandía el 10 de octubre de 1510. Su vida discurrió durante treinta y seis años en una constante entrega al servicio de la Corte de Carlos V, con cuyo hijo Felipe II mantuvo estrecha amistad, y su propia familia, sin que todo ello supusiera postergación alguna su recia vida de hombre de fe.

Pero Dios fue llamando repetidamente a las puertas de su alma, siendo los momentos claves la muerte de la reina y de su propia esposa, Leonor de Castro - de la que tuvo ocho hijos.  La muerte de la emperatriz Isabel, su bienhechora, provocó una de las frases más célebres en los anales de la santidad, «No servir a señor que se pueda morir».

Aún hubo de esperar para arreglar todos sus múltiples asuntos antes de poder seguir esa llamada sellándola con los votos de la vida religiosa. Por fin, el 30 de agosto de 1550 parte para Roma, haciendo sonar el estampido del que decía San Ignacio que no había oídos capaces de captarlo en el mundo.

Al año siguiente, culminando los estudios comenzados mucho antes recibe el sacerdocio. Su primera Misa registró ya una ingente multitud de asistentes que se apretaban para
ver con sus propios ojos al que llamaban el Duque Santo.

Santa, en efecto, fue su humilde vida de jesuita en la que buscaba con avidez los trabajos más simples como barrer, ayudar en la cocina, acarrear la leña... Pero Dios hacía brillar sus obras llegando a convertirse en el apóstol de Guípúzcoa, durante su período de estancia en Oñate, y más tarde llamándole nuevamente a negocios de mayor trascendencia ante los ojos del mundo: fue nombrado por Ignacio comisario general, con autoridad sobre toda la Compañía de Jesús de España y Portugal (1554).

Con todo, tampoco le faltaron a Borja las contradicciones: ante la animosidad creciente en España por sus decisiones, el sucesor de Ignacio, Diego Laínez, le llamó a Roma (1558), donde, tras alguna breve estancia nuevamente en España, se dedicó a la predicación.

En 1565 es designado como Superior General de la Orden, cargo en el que atendió con preferencia a la orientación de los noviciados, el fomento de la vida de piedad y la organización de los estudios; a la vez que actuaba como hombre de confianza del Papa Pío V en varias legaciones.

Francisco ilustró así el apellido de su familia, puntal de la leyenda negra de la Iglesia, en un sentido opuesto al de sus famosos antepasados; no sólo porque opuso santidad a libertinaje y cinismo, sino también porque contrapesa la pompa mundana y señorial de los suyos con su aniquilamiento voluntario, desgastándose en ingratas tareas que le consumen hasta su muerte en la noche del 30 de septiembre al 1 de octubre de 1572.

Siglos después, como para borrar cualquier residuo de grandezas visibles, la revolución aventará sus reliquias en el Madrid de 1936.








Oración

Tú, Señor, que concediste a San Francisco de Borja el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por intercesión de este santo, la gracia de que, viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

San Francisco de Borja.- La familia Borja era una de las más célebres del reino de Aragón, España. Alcanzó fama mundial, en el momento en que Alfonso Borja fue elegido Papa con el nombre de Calixto III. A fines del mismo siglo, hubo otro Papa Borja, Alejandro VI, quien tenía cuatro hijos cuando fue elevado al Pontificado.
Para dotar a su hijo Pedro, compró el ducado de Gandía, en Valencia, España. Pedro, a su vez, lo legó a su hijo Juan, quien fue asesinado poco después de su matrimonio. El hijo de este último, el tercer duque de Gandía, se casó con la hija natural de un hijo de Fernando V de Aragón.
De este matrimonio nació el 28 de octubre de1510 Francisco de Borja y Aragón, nuestro Santo, quien era nieto de un Papa, Alejandro VI, y de un rey, Fernando, además de ser primo del emperador Carlos V.
Una vez terminados sus estudios a los dieciocho años, Francisco ingresó en la corte de Carlos V. Por entonces ocurrió un incidente, cuya importancia no había de verse sino más tarde.
En Alcalá de Henares, Francisco quedó muy impresionado a la vista de un hombre, a quien se le conducía a la prisión de la Inquisición: ese hombre era Ignacio de Loyola.
Se casó a los 19 años con Leonor de Castro y tuvo ocho hijos. Al año siguiente, recibió del emperador el título de marqués de Lombay. A los 29 años, Carlos V le nombró virrey de Cataluña (1539-1543), cuya capital es Barcelona.
Mucho tiempo después, Francisco solía decir: "Dios me preparó en ese cargo para ser General de la Compañía de Jesús. Ahí aprendí a tomar decisiones importantes, a mediar en las disputas, a considerar las cuestiones desde los dos puntos de vista. Si no hubiese sido virrey, nunca lo hubiese aprendido".
En el ejercicio de su cargo, consagraba a la oración todo el tiempo que le dejaban libres los negocios públicos y los asuntos de su familia.
Los personajes de la corte comentaban desfavorablemente la frecuencia con que comulgaba, ya que prevalecía entonces la idea, -muy diferente de la de los primeros cristianos-, de que un laico, envuelto en los negocios del mundo, cometía un pecado de presunción si recibía con demasiada frecuencia el sacramento del Cuerpo de Cristo.
En una palabra, el virrey de Cataluña "veía con otros ojos y oía con otras orejas que antes. Hablaba con otra lengua, porque su corazón había cambiado."
En Barcelona se encontró con San Pedro de Alcántara y con el Beato jesuita Pedro Favre. Este último encuentro, -veremos después-, fue decisivo para Francisco .
En 1543, a la muerte de su padre, heredó el ducado de Gandía. Como el rey Juan de Portugal se negó a aceptarle como principal personaje de la corte de Felipe II, quien iba a contraer matrimonio con su hija, Francisco renunció al virreinato y se retiró con su familia a Gandía.
Ello constituyó un duro golpe para su carrera pública, y desde entonces, el duque empezó a preocuparse más por sus asuntos personales.
En efecto, fortificó la ciudad de Gandía para protegerla contra los piratas berberiscos, construyó un Convento de dominicos en Lombay y reparó un hospital.
Por ese tiempo, el Obispo de Cartagena escribió a un amigo suyo: "Durante mi reciente estancia en Gandía, pude darme cuenta de que Don Francisco es un modelo de duque y un espejo de caballeros cristianos. Es un hombre humilde y verdaderamente bueno, un hombre de Dios en todo el sentido de la palabra... . Educa a sus hijos con un esmero extraordinario y se preocupa mucho por su servidumbre. Nada le agrada tanto como la compañía de los sacerdotes y religiosos... ."
El mismo año que fue nombrado Virrey de Cataluña, Francisco recibió la misión de conducir a la sepultura real de Granada los restos mortales de la emperatriz Isabel. Él la había visto muchas veces rodeada de aduladores y de todas las riquezas de la corte.
Al abrir el ataúd para reconocer el cuerpo, la cara de la difunta estaba ya en proceso de descomposición. Francisco tomó entonces su famosa resolución: « ¡no servir nunca más a un señor que pudiese morir!"» Comprendió profundamente la caducidad de la vida terrena.
Algunos años más tarde, estando enferma su esposa, pidió a Dios la curación de ella y una voz celestial le dijo: «Tú puedes escoger para tu esposa la vida o la muerte. Pero si tú prefieres la vida, ésta no será ni para tu beneficio ni para el suyo.» Derramando lágrimas, respondió: «Que se haga vuestra voluntad y no la mía.»
La muerte de Doña Leonor, su esposa, ocurrida en 1546, fue un gran dolor para Francisco. El más joven de sus ocho hijos tenía apenas ocho años cuando murió Doña Leonor.
El mismo año, el Beato Pedro Favre se detuvo unos días en Gandía y Francisco realizó los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. El 2 de Junio hizo los votos de castidad, de obediencia y de entrar en la Compañía de Jesús.
El Beato Favre partió de ahí a Roma, llevando un mensaje del duque a San Ignacio, comunicándole al Fundador de la Compañía de Jesús que había hecho voto de ingresar en la Orden.
San Ignacio se alegró mucho de la noticia. Sin embargo, aconsejó al duque que difiriese la ejecución de sus proyectos hasta que terminase la educación de sus hijos, y que mientras tanto, tratase de obtener el grado de doctor en teología en la Universidad de Gandía, que acababa de fundar. También le aconsejaba que no divulgase su propósito, pues "el mundo no tiene orejas para oír tal estruendo."
Francisco obedeció puntualmente. Pero al año siguiente fue convocado a asistir a las cortes de Aragón, lo cual estorbaba el cumplimiento de sus propósitos.
En vista de ello, San Ignacio le dio permiso para que hiciese en privado la profesión. Tres años después, el 31 de agosto de 1550, cuando todos los hijos del duque estaban ya colocados, partió éste para Roma, se encontró con San Ignacio, y después de renunciar al ducado de Gandía, ingresó en la Compañía de Jesús a la edad de cuarenta y cuatro años.
Cuatro meses más tarde, volvió a España y se retiró a una ermita de Oñate en las cercanías de Loyola. Desde ahí obtuvo el permiso del emperador para traspasar sus títulos y posesiones a su hijo Carlos.
En seguida se rasuró la cabeza y la barba, tomó el hábito clerical y recibió la Ordenación sacerdotal en la semana de Pentecostés, el 26 de mayo de 1551.
El duque que se había hecho jesuita, se convirtió en la sensación de la época. El Papa concedió indulgencia plenaria a cuantos asistiesen a su primera Misa en Vergara, y la multitud que congregó fue tan grande, que hubo que poner el altar al aire libre.
Su propósito de renunciar a los honores se vio también probado en la vida religiosa. Carlos V lo propuso como Cardenal, pero Francisco no aceptó.
Los superiores de la casa de Oñate le nombraron ayudante del cocinero. Su oficio consistía en acarrear agua y leña, en encender la estufa y limpiar la cocina. Cuando atendía a la mesa y cometía algún error, el santo duque tenía que pedir perdón de rodillas a la comunidad por servirla con torpeza.
Inmediatamente después de su Ordenación, empezó a predicar en la provincia de Guipúzcoa y recorría los pueblos haciendo sonar una campanilla para llamar a los niños al catecismo y a los adultos a la instrucción.
Por su parte, el Superior de Francisco le trataba con la severidad que le parecía exigir la nobleza del duque. Indudablemente que el Santo sufrió mucho en aquella época, pero jamás dio la menor muestra de impaciencia.
En cierta ocasión en que se había abierto una herida en la cabeza, el médico le dijo al vendársela: "Temo, señor, que voy a hacer algún daño a vuestra gracia". Francisco respondió: "Nada puede herirme más que ese tratamiento de dignidad que me dais".
Después de su conversión, el duque empezó a practicar penitencias extraordinarias. Era un hombre muy gordo, pero su talle empezó a estrecharse rápidamente.
Aunque sus Superiores pusieron coto a estos excesos, San Francisco se las ingeniaba para inventar nuevas penitencias. Más tarde admitía que sobre todo, antes de ingresar en la Compañía de Jesús, había mortificado su cuerpo con demasiada severidad.
Durante algunos meses predicó fuera de Oñate. El éxito de su predicación fue inmenso. Numerosas personas le tomaron por director espiritual.
Él fue de los primeros en reconocer el valor grandísimo de Santa Teresa de Jesús. Después de obrar maravillas en Castilla y Andalucía, se sobrepasó a sí mismo en Portugal. San Ignacio le nombró provincial de la Compañía de Jesús en España.
San Francisco de Borja dio muestras de su celo y en toda ocasión expresaba su esperanza de que la Compañía de Jesús se distinguiese en el servicio de Dios por tres normas: la oración y los sacramentos, la oposición a la mentalidad del mundo y la perfecta obediencia. Esas eran las características del alma del Santo.
Dios utilizó a San Francisco de Borja para establecer la nueva Orden en España. Fundó una multitud de casas y colegios durante sus años de General.
Ello no le impedía, sin embargo, preocuparse por su familia y por los asuntos de España. Por ejemplo, dulcificó los últimos momentos de Juana la Loca, quien perdió la razón cincuenta años antes a raíz de la muerte de su esposo, y desde entonces, había experimentado una extraña aversión por el clero.
Al año siguiente, poco después de la muerte de San Ignacio, Carlos V abdicó, se enclaustró en el Monasterio de Yuste y mandó llamar a San Francisco.
El emperador nunca había sentido predilección por la Compañía de Jesús, y declaró al Santo que no estaba contento de que hubiese escogido esa Orden.
Éste confesó los motivos por los que se había hecho jesuita, y afirmó que Dios le había llamado a un estado en el que se uniese la acción a la contemplación y se viese libre de dignidades que le habían acosado en el mundo.
Aclaró que por cierto, la Compañía de Jesús era una Orden nueva. Pero el fervor de sus miembros valía más que la antigüedad, ya que "la antigüedad no es una garantía de fervor". Con eso quedaron disipados los prejuicios de Carlos V.
San Francisco no era partidario de la Inquisición, y este tribunal no le veía con buenos ojos, por lo que Felipe II tuvo que escuchar más de una vez las calumnias que los envidiosos levantaban contra el santo duque.
Éste permaneció en Portugal hasta 1561, cuando el Papa Pío IV le llamó a Roma a instancias del Padre Laínez, general de los jesuitas.
En Roma se le acogió con cordialidad. Entre los que asistían regularmente a sus sermones, se contaban el Cardenal Carlos Borromeo y el Cardenal Ghislieri, quien más tarde fue Papa con el nombre de Pío V.
Ahí se interiorizó más de los asuntos de la Compañía, y empezó a desempeñar cargos de importancia. En 1566, al morir el Padre Laínez, fue elegido General, cargo que ejerció hasta su muerte.
Durante los siete años que desempeñó ese oficio, dio tal ímpetu a su Orden en todas partes, que puede llamársele el segundo Fundador. El celo con que propagó las misiones y la evangelización del mundo pagano, inmortalizó su nombre.
Y no se mostró menos diligente en la distribución de sus súbditos en Europa para colaborar a la reforma de las costumbres. Su primer cuidado fue establecer un noviciado regular en Roma y ordenar que se hiciese otro tanto en las diferentes provincias.
Durante su primera visita a la Ciudad Eterna, quince años antes, se había interesado mucho en el proyecto de fundación del Colegio Romano y había regalado una generosa suma para ponerlo en práctica.
Como General de la Compañía, se ocupó personalmente en dirigir el Colegio y precisar el programa de estudios. Prácticamente, fue él quien fundó el Colegio Romano, aunque siempre rehusó el título de fundador, dado ordinariamente a Gregorio XIII, que lo restableció con el nombre de Universidad Gregoriana.
San Francisco construyó la Iglesia de San Andrés del Quirinal y fundó el noviciado en la residencia contigua. Además, empezó a construir el Gesu y amplió el Colegio Germánico, en el que se preparaban los misioneros destinados a predicar en aquellas regiones del norte de Europa, en las que el protestantismo había hecho estragos.
San Pío V tenía mucha confianza en la Compañía de Jesús y gran admiración por su general, de suerte que San Francisco de Borja podía moverse con gran libertad.
A él se debe la extensión de la Compañía de Jesús más allá de los Alpes, así como el establecimiento de la provincia de Polonia. Valiéndose de su influencia en la corte de Francia, consiguió que los jesuitas fuesen bien recibidos en ese país y fundasen varios colegios.
Por otra parte, reformó las misiones de la India, las del Extremo Oriente y dio comienzo a las misiones de América.
Entre su obra legislativa, hay que contar una nueva edición de las reglas de la Compañía y una serie de directivas para los jesuitas dedicados a trabajos particulares.
A pesar del extraordinario trabajo que desempeñó durante sus siete años de Generalato, jamás se desvió un ápice de la meta que se había fijado, ni descuidó su vida interior.
Un siglo más tarde, escribió el Padre Verjus: "Se puede decir con verdad, que la Compañía debe a San Francisco de Borja su forma característica y su perfección. San Ignacio de Loyola proyectó el edificio y echó los cimientos. El Padre Laínez construyó los muros, San Francisco de Borja techó el edificio, arregló el interior, y de esta suerte, concluyó la gran obra que Dios había revelado a San Ignacio".
No obstante sus muchas ocupaciones, San Francisco encontraba tiempo todavía para encargarse de otros asuntos. Por ejemplo, cuando la peste causó estragos en Roma en 1566, el Santo reunió limosnas para asistir a los pobres y envió a sus súbditos por parejas a cuidar los enfermos de la ciudad.
Se le ofreció el cargo de Cardenal y tenía posibilidades de llegar a ser Papa, pero no lo aceptó.
En 1571, el Papa envió al Cardenal Bonelli con una embajada a España, Portugal y Francia, y San Francisco de Borja le acompañó. Aunque la embajada fue un fracaso desde el punto de vista político, constituyó un triunfo personal de Francisco.
En todas partes se reunían multitudes, para "ver al santo duque" y oírle predicar. Felipe II, olvidando las antiguas animosidades, le recibió tan cordialmente como sus súbditos.
Mas la fatiga del viaje apresuró el fin de San Francisco. Su primo, el duque Alfonso, alarmado por el estado de su salud, le envió desde Ferrara a Roma en una litera.
Sólo le quedaban ya dos días de vida. Por intermedio de su hermano Tomás, San Francisco envió sus bendiciones a cada uno de sus hijos y nietos, y a medida que su hermano le repetía los nombres de cada uno, oraba por ellos.
Tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a la Virgen Santísima. Gravemente enfermo, quedándole solamente dos días de vida, quiso visitar el Santuario Mariano de Loreto.
Cuando el Santo perdió el habla, un pintor entró a retratarle. Al ver al pintor, San Francisco manifestó su desaprobación con la mirada y el gesto, y no se dejó pintar.
Murió a la media noche del 30 de septiembre de 1572. Según la expresión del Padre Brodrick, fue "uno de los hombres más buenos, amables y nobles que había pisado nuestro pobre mundo."
Desde el momento de su "conversión", San Francisco de Borja, canonizado en 1671, cayó en la cuenta de la importancia y de la dificultad de alcanzar la verdadera humildad. Se impuso toda clase de humillaciones a los ojos de Dios y de los hombres.
Cierto día en Valladolid, donde el pueblo recibió al Santo en triunfo, el Padre Bustamante observó que Francisco se mostraba todavía más humilde que de ordinario, y le preguntó la razón de su actitud.
Él replicó: "Esta mañana durante la meditación, caí en la cuenta de que mi verdadero sitio está en el infierno, y tengo la impresión de que todos los hombres, aún los más tontos, deberían gritarme: ‘¡Ve a ocupar tu sitio en el infierno!’".
Un día confesó a los novicios, que durante los seis años que llevaba meditando la vida de Cristo, se había puesto siempre en espíritu a los pies de Judas. Pero que recientemente, notando que Jesús había lavado los pies del traidor, por ese motivo, ya no se sentía digno de acercarse ni siquiera a Judas.
Francisco no se dejó engañar por el mundo. Sabiéndose nada, confió todo en Jesucristo y logró la santidad.
En mayo de 1931, su cuerpo, venerado en la Casa religiosa de Madrid, fue quemado en el incendio que causaron los revolucionarios




 

martes, 2 de octubre de 2012

Paracuellos, la eterna pesadilla de Santiago Carrillo





La matanza de presos nacionalistas en 1936 ha perseguido al político comunista durante toda su vida. Entrevistamos a algunos de los más reputados estudiosos de la Guerra Civil española como Paul Preston, Ian Gibson, Angel Viñas y Jose Luis Ledesma entre otros.






Eran días de caos y confusión y las balas cada vez se oían más cerca de Madrid. El 6 de noviembre de 1936, casi cinco meses después del levantamiento militar contra el Gobierno de la Segunda República, las tropas franquistas se aproximaban a la capital por las inmediaciones de la Ciudad Universitaria, al lado de la Cárcel Modelo, donde estaban encerrados los nacionales sediciosos. Ante el temor de que los sublevados tomaran el edificio y liberaran a sus correligionarios, las autoridades republicanas sacaron a los prisioneros del edificio y asesinaron a unos 2500 presos en las inmediaciones de Paracuellos del Jarama. Fue sin duda el capítulo más oscuro del bando republicano durante la Guerra Civil española. Un episodio que ha perseguido a Santiago Carrillo durante toda su vida y que seguirá asociado a su recuerdo incluso después de muerto.

La noche del 6 de noviembre el Gobierno del Frente Popular, dirigido por el socialista Largo Caballero abandonó Madrid consciente de que la ciudad caería inminentemente. Se desentendía así de la gestión de la Cárcel Modelo(hoy Cuartel General del Ejército del Aire) donde había más de 2500 militares nacionalistas encarcelados desde principio de la contienda. El día 6 por la tarde, ante la cercanía de los combates, se constituyó una Junta de Defensa al mando del General Miaja. El jovencísimo secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas, Santiago Carrillo, de 22 años, ascendió a responsable de Orden Público de la Junta. Un día después comenzaron los traslados de los prisioneros nacionalistas a otras cárceles alejadas del frente. Pero el objetivo real era otro: Entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre se produjeron 33 sacas para asesinar a los presos. Aunque la cifra final no está clara, se sabe que murieron unos 2500. La versión que siempre mantuvo Carrillo (con varias contradicciones y detalles omitidos) fue la siguiente: “Hubo que trasladarlos (a los prisioneros) sin que tuviéramos fuerzas de seguridad para protegerlos de las iras de la gente. Y en el camino, alguien atacó al convoy. Mi única responsabilidad fue no ser capaz de controlar las iras de personas que estaban viendo morir a sus hijos y sus esposas en una guerra”.

La responsabilidad de ex secretario general del Partido Comunista Español (PCE) en las matanzas ha sido objeto de investigación por parte de los más prestigiosos historiadores. La gran mayoría coinciden en afirmar que Carrillo mintió cuando afirmó que no fue consciente de las matanzas, pero que no obstante, ni fue el mentor de los asesinatos, ni hubiera tenido autoridad para impedirlos. “Es imposible que las caravanas con cientos de presos cruzaran todo Madrid a la luz del día con una escolta enorme sin que Carrillo supiera lo que estaba sucediendo. Y es imposible que semejantes comitivas fueran atacadas por elementos descontrolados”, comenta José Luis Ledesma en conversación telefónica.

Por otra parte, aunque los autores de la extrema derecha como Pío Moa, César Vidal y Stanley G. Payne no escatiman esfuerzos para tachar a Carrillo de mentor del “genocidio” cometido por los republicanos y atribuirle las torturas más crueles, no hay ni una sola prueba que demuestre su participación directa en la matanza. El extenso libro de Cesar Vidal, Paracuellos-Katyn (2005), pretende convencer a través de documentos absolutamente infantiles, sesgados y nada contrastados, como el del soviético Gueorgui Dimitrov que afirma que el gobernador de Madrid (sic) Carrillo ordenó los fusilamientos, o el de un miliciano sin nombre conocido como El estudiante, que relata horrendas torturas perpetradas por Carrillo como cortar dedos a los prisioneros y quemar los pechos a las monjas. Ningún historiador serio toma en cuenta las aportaciones subjetivas e ideologizadas de estos autores. “A algunos de ellos ni siquiera se les puede considerar historiadores, porque no cumplen la más mínima pauta de la historiografía”, dijo en una ocasión Paul Preston.

El hispanista irlandés Ian Gibson, escribió Paracuellos, cómo fue (1983), una de las primeras y más completas obras sobre la matanza. Hoy afirma que se están diciendo palabras muy fuertes sobre el comunista recientemente fallecido. "Claro que mataron a prisioneros de la cárcel Modelo, hubo una matanza, esto es innegable, pero no creo que él fuera el responsable, creo que fueron los comunistas mandados por Moscú". Con distintos matices, todos los historiadores consultados coinciden con esta versión.

El historiador Ángel Viñas, uno de los principales investigadores sobre el caso, se muestra muy crítico con la versión de la prensa de derechas, “que parece estar escrita como palabra de Evangelio” y que pone a Carrillo como responsable de la matanza. “Stanley G. Payne, en uno de sus peores libros sobre la guerra civil, que acaba de salir ahora en USA e Inglaterra, hace de Carrillo prácticamente el mentor del suceso” comenta Viñas en conversación telefónica. Para él, Carrillo se encontró en una situación “pre-cocida”: “La inspiración para liquidar a los presos madrileños vino dada por la NKVD (policía política soviética) que tenía por lo menos tres agentes en el Madrid sitiado, si no más. La ejecución del dispositivo quedó en mano de agentes comunistas especializados y de grupos de anarquistas”.

Paul Preston, uno de los historiadores más prestigiosos y uno de los mayores conocedores sobre la Guerra Civil, comparte la opinión de Viñas pero se muestra menos benévolo con Carrillo: "Es inconcebible que Carrillo no supiera nada de los crímenes y encuentro absurdo que durante todos estos años haya estado mintiendo". Según Preston, Carrillo no fue el mentor de los fusilamientos, pero tuvo responsabilidad directa en la organización de las sacas, por lo que es seguro que estuvo al tanto de las ejecuciones. “Es un tema complejo con múltiples responsabilidades”, comenta Preston en conversación telefónica, “lo que más ha complicado las cosas es la cantidad de versiones distintas y contradictorias que Carrillo contó a lo largo de su vida para quitarse responsabilidad”.

El historiador José Luis Ledesma, contradice a Preston: “Ha sido demasiado contundente diciendo que Carrillo organizó las sacas. No tiene las pruebas necesarias. Puede que Carrillo diera algunas órdenes como seleccionar a los presos en distintos grupos. Pero todo lo que ordenaba tenía unas directrices previas de los hombres de Moscú, como Alexander Orlov”. Ledesma asegura que no se ha encontrado un solo documento que le incrimine de manera rigurosa, ni una prueba definitiva que le culpe. “Cuando se abran definitivamente los archivos de Moscú, quizás encontremos esa prueba, pero por ahora no hay nada de nada”.

Aunque su nombre no tiene el mismo peso que otros historiadores, Antonio Morcillo, presidente del Grupo de Estudios del Frente de Madrid (GEFREMA), es una de las personas que mejor conoce los detalles bélicos de la batalla de Madrid. “Es un tema muy controvertido. Por aquellos días el descontrol era tan grande que una sola persona no habría podido manejar la situación. Está claro que tuvo que tener conocimiento, pero no pudo manejar la situación en una ciudad sitiada”.

Los datos encontrados absuelven a Carrillo de la responsabilidad directa de Paracuellos pero tanto la derecha como la izquierda antiestalinista siguen culpando al ex dirigente del PCE. Jaime Pastor, sociólogo, profesor de la UNED y militante trotskista, le acusa de instigar al odio estalinista. “No creo que fuera responsable directo de la matanza de Paracuellos. Pero para mí, hizo algo aún peor: fue uno de los artífices de la campaña contra el POUM que llevó al asesinato de tantos militantes y de su líder Andreu Nín. Fue corresponsable de esta purga, pero nunca lo asumió”.

El autor del minucioso libro La batalla de Madrid, Jorge M. Reverte, afirma que hay documentos que prueban que las matanzas se produjeron por un acuerdo entre el Movimiento Libertario y la cúpula de las Juventudes Socialistas Unificadas en la Junta de Defensa. “Y la cúpula era Carrillo, por lo tanto algo que ver tendría”, apostilla el periodista. Reverte insiste en apuntar como contrapeso la ejemplar labor del comunista durante la transición.

En resumen, se puede afirmar que la versión más extendida entre los historiadores es que Carrillo solo fue una pieza más del engranaje, incapaz de paralizar el proceso. “Como miembro recientísimo del PCE, era un cero a la izquierda. Sobre los agentes comunistas no tenía control alguno”, concluye Viñas.

Carrillo se ha ido a la tumba a los 97 años entre la admiración de sus camaradas y el reconocimiento de políticos de distinto signo, que valoran su talante conciliador durante la transición. Es difícil imaginar a ese hombre tranquilo y simpático participando en el conflicto más sanguinario de la historia contemporánea de España, sembrando más odio en el reino del odio y la crueldad. La verdad sobre lo ocurrido aquel fatídico mes de 1936 se la llevó a la tumba, solo nos queda el recuerdo de sus palabras, testimonio de la etapa más dura de nuestra historia reciente: “Remordimientos de conciencia no tengo ninguno y pienso que cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo que hice yo (…) en ese momento eran ellos o nosotros”.

Cantemos al amor de los amores

¡Cantemos al Amor de los Amores! 
¡Cantemos al Señor! 
¡Dios está aquí!
¡Venid, adoradores,
adoremos a Cristo Redentor
!
¡Gloria a Cristo, Jesús!
¡Cielos y Tierra:
bendecid al Señor
!
¡Honor y Gloria a Ti,
Rey de la Gloria!
¡Amor por siempre a Ti,
Dios del Amor!
¡Gloria a Cristo, Jesús!
¡Cielos y Tierra:
bendecid al Señor
!
¡Honor y Gloria a Ti,
Rey de la Gloria!
¡Amor por siempre a Ti,
Dios del Amor!
 ***
Letra: Padre Restituto del Valle.
Música: Juan Ignacio Busca Sagastizabal.

jueves, 27 de septiembre de 2012

San Vicente de Paúl

Nace el 2 de abril de 1581, en Ranquine, cerca de Dax, en el S.O. de Francia. Tercer hijo del campesino Juan de Paúl. Los hijos de los campesinos del siglo XVI apenas tenían tiempo para divertirse; ya desde muy jóvenes se veían obligados a trabajar. Vicente, llevaba a pastar el ganado: las ovejas, las vacas, los cerdos. Vicente salía todos los días, descalño y con humildes provisiones
Vicente es un chiquillo despierto, y su padre tiene para él unos planes ambiciosos. Fue enviado a los 14 años al colegio de los franciscanos de Dax que esta a 5 kilómetros de Pouy. Dax es una ciudad próspera, de amplias calles y bellas mansiones. Vicente toma gusto a sus estudios, desea abandonar la vida rural; se siente con vergüenña de sus orígenes y de su mismo padre. "Siendo un muchacho, cuando mi padre me llevaba a la ciudad, me daba vergüenña ir con él y reconocerle como padre, porque iba mal trajeado y era un poco cojo". "Recuerdo que en una ocasión, en le colegio donde estudiaba me avisaron que había venido a verme mi padre, que era un pobre campesino. Yo me negué a salir a verle".
Después de cuatro años de estudios en Dax, marcha a la gran ciudad de Toulose. Su padre acaba de morir en 1598, mientras Vicente tenía 17 años, ha recibido ya la tonsura y las órdenes menores. Su padre le deja parte de la herencia para pagar sus estudios, pero él rechaña esta ayuda; prefiere valérselas por si mismo.
Para subsistir, enseña humanidades en el colegio de Buñet y sigue a la veñ con sus estudios de Teología. En 1598 recibe el subdiaconado y el diaconado, y el 23 de Septiembre de 1600, en Chateau-l'Eveque, es ordenado sacerdote por el anciano obispo de Périgueux. "Si yo hubiera sabido, como lo he sabido después, lo que era el sacerdocio cuando cometí la temeridad de aceptarlo, habría preferido dedicarme a trabajar la tierra antes de ingresar en un estado tan temible," escribirá mas tarde.
El obispo de Dax le ofrece una parroquia, pero hay otro candidato. Vicente renuncia, prefiere proseguir con sus estudios y apuntar mas alto: aspira a ser obispo.
En 1604 obtiene el doctorado en Teología. Se dirige a Burdeos. Acude a Marsella a un viaje bastante interesado. Una anciana dama de Toulose le ha dejado una herencia de 400 escudos, pero la anciana tiene a un deudor, a quien Vicente persigue hasta Marsella, donde consigue recuperar 300 escudos, para regresar a continuación a Toulose por Narbona.
En Marsella Vicente embarca para Narbona. Se va en barco, el cual es atacado por los turcos y Vicente cae prisionero. Los años 1605-1607 son en realidad muy misteriosos. Se cuenta que vendido como esclavo en Túneñ, estuvo sucesivamente al servicio de cuatro distintos señores: un pescador, un médico, el sobrino de éste y, por último, un cristiano renegado. Por fin, convirtió a su amo, se escapó llegando a Avignon y desde allí a Roma.  Luego fue a París hacia el 1608.
En 1609, poco después de su llegada a París, Vicente encontró a Pierre de Bérulle, sin duda en el hospital de la Caridad, adonde ambos iban a visitar enfermos. Bérulle tenía una doble vocación: la cura de las almas y la fundación de un grupo de sacerdotes espirituales. El clero salía en un estado lamentable de las guerras de religión; los decretos del Concilio de Trento referentes a la formación de los sacerdotes no se cumplen (de lo contrario, Vicente no habría sido ordenado a los 19 años, ya que el Concilio exigía 25 años de edad mínima para la ordenación sacerdotal) Eran muchos los obispos que vivían como grandes señores, alejados de sus diócesis.
Se esta abriendo paso un nuevo movimiento. En Italia, Felipe Neri ha fundado la congregación sacerdotal del Oratorio, que al igual que los oblatos fundados en Milán por Carlos Borromeo, desea vivir un sacerdocio fervoroso. Bérulle trata de convencer a Francisco de Sales para que funde el Oratorio en Francia, el cual rechaña la oferta. Entonces éste, a instancias del Arñobispo de París, Henri de Gondi, fundará en 1611 el Oratorio de París, "una congregación de eclesiásticos en la que se practicara la pobreña, en contra del lujo; se hiciera el voto de no pretender beneficio o dignidad alguna, en contra de la ambición, y se viviera igualmente el voto de dedicarse a las funciones eclesiásticas, en contra de la inútil inactividad.
Bérulle deseaba que Vicente ingresara en el Oratorio, pero Vicente por diferentes rañones no acepta, en cambio acepta la proposición de reemplañar en su puesto a un sacerdote que desea ingresar en el Oratorio; y de ese modo, en mayo de 1612, Vicente toma posesión de la parroquia de "Clichy la Garenne", a una legua de París. Se trata de una parroquia de 600 habitantes, de carácter semi-rural (habitada sobre todo por hortelanos donde Vicente se encuentra a gusto Allí enseña el catecismo, repara el mobiliario de la Iglesia. Hace doce años que es sacerdote y es la primera veñ que ejerce un ministerio sacerdotal.
Bérulle que sigue soñando con grandes cosas para Vicente, hace que lo nombren preceptor de la ilustre familia de Gondi, Phillipe de Gondi, sobrino del Arñobispo de París. Vicente llega allí en Septiembre de 1613: "Me aleje con pena de mi pequeña iglesia de Clichy", escribe a un amigo.
Ya tenemos a Vicente provisto de un excelente "reducto". Da algunos cursos y lecciones a los niños y lleva una vida palaciega en Montmirail, en Joigny, en París, en Folleville... Ya podía darse por contento. Sin embargo no era feliñ. Durante los numerosos viajes de Gondi, vuelve a entrar en contacto con los campesinos y con las pobres gentes que viven en los dominios de la noble familia. Y se da cuenta de que el Evangelio exige la caridad radical.
A comienños de 1617, visita Vicente a un moribundo en Gannes, en el distrito del Oise, cerca del palacio de los Gondi; aquel hombre, que tenía fama de ser un hombre de bien, reveló a Vicente unos pecados que jamás se había atrevido a confesar a su párroco, tanto por vergüenña como por amor propio.  El moribundo que experimentaba una extrema soledad moral, que padecía la noche, el frío y la imposibilidad de hablar con Dios; era un hombre cerca de la muerte sin haber encontrado una mirada sacerdotal lo bastante dulce y lo bastante humana para poder salirse de sí mismo y atreverse a creer en la ternura de Dios. He ahí la vocación de Vicente: la ternura. Su corañón ha sido tocado. Quería ir a los campos mas remotos a expresar a todos los que se sienten perdidos que existe un Dios de ternura que no les ha olvidado. Quiere ser testimonio de ese amor divino.  Estar presente con la ternura de Dios.
Vicente queda impresionado y el 25 de enero predicó en Folleville, cerca de Amiens, proponiendo a todos los fieles de Folleville la idea de que vayan allá algunos sacerdotes ante quienes puedan hacer una confesión general de toda su vida. Este sermón que fue el origen de la "Congregación de la Misión", instituida para dar misiones populares y trabajar  en la formación del clero de Francia y en otros países. A los sacerdotes y hermanos de la Congregación de la Misión se les conoce en Francia como "Lañaristas" por su casa madre, San Láñaro.
En agosto de ese mismo año 1617, en Chatillón-les-Domes, San Vicente se encuentra con la miseria material de los campesinos. San Vicente relata los hechos:  "Mientras me revestía para celebrar la santa Misa, vinieron a decirme... que en una casa apartada de todas las demás, como a un cuarto de legua, estaban todos enfermos, hasta el punto de que no había una sola persona que pudiera atender a las demás, las cuales se hallaban en un estado de necesidad indescriptible. Esto me ocasionó una tremenda impresión." A la llamada de Vicente acuden todos los feligreses en ayuda de esa familia. Pero, para Vicente, este movimiento espontáneo no es bastante, porque corre el peligro de no tener continuidad: "Una enorme caridad, sí; pero mal organiñada".
Vicente pone manos a la obra y muy pronto, el 23 de agosto, lee ante unas cuantas mujeres cuyo corañón se ha visto afectado igual que el suyo por aquella miseria, un texto que constituye todo un programa de ayuda a los enfermos. Dicho texto servirá de modelo, en adelante, a todos los posteriores textos fundacionales de las "Confréries de Charité" (Hermandades de Caridad). Las Cofradías se multiplicaron ; hoy en algunos países se les llama "equipos de San Vicente".  La Fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad siguió unos años mas tarde (1633).  La co-fundadora fue Santa Luisa de Marillac
Vicente no quiere permanecer por más tiempo con los Gondi y así se lo hace saber a Bérulle en mayo de 1617. Se traslada el 1 de agosto de aquel mismo año a una pequeña parroquia entre Lyon y Ginebra, en al región de Bresse: Chatillon-des-Dombes, donde ejerce como párroco.
Los Gondi, y con ellos Bérulle, desean que Vicente se reintegre a su puesto y resuma sus funciones de capellán y preceptor. Le llaman a París. Vicente llega a casa de los Gondi la víspera de Navidad de 1617, tras un año decisivo en el que ha encontrado su camino, el camino de la compasión y la ternura para con quienes se hallan sumidos en el abandono. Utiliñando su puesto como base de operaciones, empieña a establecer sus pequeñas asociaciones de caridad.
En noviembre de 1618 se encuentra en París Francisco de Sales. El Obispo de Annecy, que tiene ya cincuenta y un años, ha publicado dos años antes su Tratado del Amor de Dios. Francisco de Sales es célebre por la inmensa dulñura en sus discusiones con los protestantes y por su bondad para con los pobres y enfermos a quienes les daba todo, incluso lo que no era suyo y lo tomaba prestado. En 1610, el Obispo de Sales funda la Visitación, congregación religiosa femenina y desea que se consagren al cuidado de los enfermos. Las primeras Visitandinas se ocupan de los enfermos de Annecy.
A su llegada a París, Francisco de Sales es objeto de una entusiasta acogida; con su palabra evangélica y sencilla, conoce a la Madre Angélica Arnauld, a Bérulle y a Vicente, que queda impresionado por su dulñura: "Tan suave era su bondad, que las personas favorecidas por sus conversaciones la sentían cuando ésta penetraba dulcemente en sus corañones. Yo mismo he goñado tales delicias".
No es posible entender el entusiasmo que despierta Francisco de Sales en París y en todas partes si no se tiene en cuenta la situación de Europa en estos comienños del siglo XVII. Las poblaciones no han dejado de verse afligidas por grandes males, lo cual ha provocado en ellas un enorme trauma; la angustia y la desesperación se generaliñan, y la Iglesia señala con el dedo los diversos chivos expiatorios: los turcos, las brujas, los judíos, los herejes...; e insiste además continuamente en ese otro peligro, distinto del que aflige al cuerpo: el peligro de perder el alma. Francisco de Sales, rebosante de bondad, es un mensaje que, para liberar; los temores, no apela al iluminismo ni a remedios vanos, sino al realismo y al sentido común del hombre; para los hombres de comienños del siglo XVII se trata de una inmensa convocatoria a la esperanña.  Este mensaje y su eficañ puesta en práctica muestran al hombre que la verdadera bondad humana procede de Dios y que, a la veñ, la bondad de Dios es muy superior a toda bondad humana: ahí radica el secreto de la vida de Vicente y de Francisco. Su Dios es un Dios de ternura y de bondad; y al haberlo experimentado así, desean expresarlo por medio de su propia vida. Francisco de Sales será para Vicente un punto de referencia constante. Por su parte, Francisco de Sales, que ha reconocido en Vicente, le pide que se haga cargo de la capellanía de las Visitandinas de París y de la dirección espiritual de Juana de Chantal.
En 1619, Vicente es nombrado capellán general de las Galeras, de las que es responsable el señor de Gondi. Los galeotes son entonces los más pobres de entre los pobres. Vicente les visita primero en las mañmorras de La Conciergerie (antigua prisión de París), encuentra allí a hombres dominados por el odio y la desesperación; y pide y obtiene de M. de Gondi que se les conceda un trato más humano. El capellán general de las Galeras baja después a Marsella, donde los galeotes son más numerosos, y se presenta "de incógnito" en el lugar en que están encerrados; aquello le impresiona terriblemente: es "el espectáculo más triste que se puede imaginar", "una verdadera imagen del infierno". "Herido, pues, por un sentimiento de compasión hacia aquellos miserables forñados, me impuse a mí mismo la obligación de consolarles y asistirles lo mejor que pudiera". Pero Vicente no se limita sólo a buenas palabras, sino que pasa a la acción y se ocupa de mejorar en lo que puede las estructuras, como de costumbre. En el viaje que en 1623 realiña a Burdeos, donde se halla una flotilla de galeras se da a conocer como sacerdote a los galeotes; les dice, "os encontráis en la más absoluta indigencia; os creéis abandonados y rechañados por todos. Pero vuestro Padre de los Cielos os ama y os bendice".
Desde Burdeos, Vicente se dirige a su aldea natal, en las Landas. Los suyos habrían deseado obtener algún provecho de Vicente. Este les dice que no esperen nada de él: "porque aun cuando poseyera cofres llenos de oro y plata, no les daría nada, porque todo cuanto posee un eclesiástico se lo debe a Dios y a los pobres".
Vicente experimenta su profunda conversión en el momento en que se inicia en Europa una larga serie de conflictos. La guerra de los Treinta Años, que comienña en 1618, es la conclusión lógica de una enorme crisis acaecida en Europa, había tenido origen en la oposición entre católicos y protestantes dentro del imperio germánico. La crisis ideológica del cristianismo que había dado lugar a dos reformas antagónicas (la de Lutero y Calvino por un lado, y la del Concilio de Trento por otro) hay que verla dentro del contexto general de la crisis del siglo XVI.
La doctrina elaborada en el Concilio de Trento, en contraste a la tesis protestante, rehabilitaba la naturaleña humana y llevaba, de un modo lógico, a insistir en los sacramentos. Por otra parte el Concilio pedía a los sacerdotes que predicasen el Evangelio. La aplicación de los decretos del Concilio requería tiempo, y puede observarse cómo Vicente se referirá constantemente a ellos y se esforzará para que sean puestos en práctica.
Misioneros para la misión ante la devastación de la guerra
Se suceden guerras, se triplican los impuestos y los pobres siempre son los perdedores. La miseria es espantosa. Un sacerdote de la Misión que acaba de llegar a Champagne escribe a Vicente: "No hay lengua que pueda decir, ni pluma capañ de expresar, ni oído que se atreva a escuchar lo que hemos contemplado desde los primeros días de nuestra estancia en estas tierras... Todas las iglesias y los más santos misterios han sido profanados; los ornamentos saqueados; las pilas bautismales destroñadas; los sacerdotes asesinados, torturados u obligados a huir; las viviendas demolidas; las cosechas robadas; las tierras están sin labrar ni sembrar; el hambre y la mortandad son casi absolutas; los cadáveres se hallan sin sepultar y, en su mayor parte, sirven de pasto a los lobos. Los pobres que sobreviven a esta ruina se ven obligados a recoger por los campos los granos de trigo o de avena semipodridos. El pan que consiguen fabricar es como barro y la vida que llevan es tan insana que más parece una muerte viviente. Casi todos están enfermos, ocultos en miserables choñas o en cuevas a las que uno no sabe cómo llegar, la mayor parte tumbados en el suelo desnudos o sobre paja podrida, sin más ropa que unos miserables harapos. Sus rostros ennegrecidos y desfigurados, más parecen rostros de fantasmas que de hombres".
Vicente envía allá doce de sus sacerdotes para organiñar la ayuda. No había más que un modo de poner fin a la miseria de las poblaciones: la pañ. Y Vicente no lo duda un momento: se atreve a enfrentarse a Richelieu y pedirle enérgicamente que ponga término a tan enormes conflictos.
El camino de Vicente son los pobres, tanto espiritual como materialmente. "La Iglesia de Cristo no puede abandonar a los pobres. Ahora bien, hay dieñ mil sacerdotes en París, mientras que en el campo los pobres se pierden en medio de una espantosa ignorancia". Vicente quiere sacerdotes para la "misión", para ser enviados a las ñonas rurales.
La congregación puede fundarse el 17 de abril de 1625. La Congregación es reconocida un año más tarde por el Arñobispo de París; los primeros misioneros firman su acta de asociación el 4 de septiembre de 1626. Pero es entonces cuando comienñan las dificultades. El señor Gondi , influenciado por Bérulle, pretende retirar el dinero que ha entregado para la fundación. Saint-Cyran consigue disuadirle. A pesar de todo, Roma, igualmente a instancias de Bérulle, se niega dos veces a dar su aprobación a la Congregación de la Misión. Habrá que esperar ocho largos años -hasta 1633- para conseguir dicha aprobación.
En julio de 1628 el obispo de Beauvais pide a Vicente que acuda allí en septiembre a dar un retiro a los futuros sacerdotes. Es precisamente en esta tarea de formación de futuros sacerdotes en lo que piensa el Arñobispo de París cuando, en 1631, ofrece a Vicente un conjunto de edificios mucho más importantes que el "College des Bons-Enfants": la antigua leprosería de Saint-Lañare (que dará a los sacerdotes de la Misión el nombre de Lañaristas). Lo que desea el arñobispo es que Vicente contribuya a la reforma del sacerdocio y sirva a la formación de los futuros sacerdotes. En el siglo XVII hay dos tipos de reformadores del clero, Vicente prefiere ante todo la formación por la practica, sobre el terreno, según el método más experimental. Lo que a él le preocupa es la situación concreta de los sacerdotes.
Saint-Lañare viene a ser, más concretamente, un centro de encuentros. cada martes se reúnen allí los sacerdotes, que se dedican a orar, a reflexionar y a escuchar a Vicente en sus famosas "conferencias de los martes"; entre el auditorio se hallan veintidós futuros obispos, que de este modo reciben su formación de los evangélicos labios de Vicente de Paúl.
De 1630 a 1650 Francia atraviesa una época de guerras desastrosas para el pueblo sencillo. Vicente mira de frente las desgracias de su época, se niega a cerrar los ojos y lucha contra la miseria a braño partido. Esta miseria impide a los hombres vivir como seres humanos.  Si tomamos las cosas más elementales de la existencia, el nacimiento, por ejemplo, vemos que cada una de siete mujeres moría después del parto. Las que no se morían pasaban por el momento más grave, el período post-parto: las fiebres y los problemas de infección. Por otra parte un hecho que se repite constantemente: "Una gran cantidad de huérfanos que tiene que ser dejados a cargo de los que sobreviven, y que son adoptados durante un tiempo por la comunidad de la aldea o barrio, hasta que el padre contrae nuevo matrimonio.
Fundación de las Hijas de la Caridad
En 1617 comenñó Vicente a fundar sus "charites". Unas se encargan de atender a los mendigos, otras se ocupan de las epidemias, otras lucharan contra el contagio de la peste, otras se dedicaran a otras calamidades.
Las "charites" se multiplican; había que velar por ellas y coordinarlas dentro de un mismo espíritu. Así pues, Vicente pide a una joven viuda de 38 años, Luisa de Marillac, a la que conoce desde hace cuatro años, que vaya a visitar, en 1629, un determinado número de "charites". Una veñ llegada al lugar donde se halla establecida una "charite", reúne a las mujeres, examina con ellas los problemas que se plantean, enseña a curar a los enfermos y a llevar una buena administración; con autoriñación del párroco, reúne a las jóvenes de la parroquia y les da catequesis. Y todo esto con unas condiciones físicas muy deficientes, pues era una mujer sumamente frágil y psicológicamente delicada, y con unos medios económicos aún mas escasos. Antes de enviarla, Vicente la había formado por cuatro años, instruyéndola en la alegría y en el suave dominio de sí misma, así como en la aceptación de las contrariedades y el abandono en manos de la providencia de Dios: "Síguele -le decía-. no trates de anticiparte a "Él".
El resultado de la actividad de Luisa es que, tanto ella como Vicente, constatan que todo marcha perfectamente. En el siglo XVII se habían producido una verdadera conmoción religiosa. Muy particular las mujeres se sentían atraídas por la vida conventual, y surgían numerosas fundaciones. ¿A que se debía esto? Muchas son fundadas por jóvenes o viudas de la nobleña, las cuales tenían suficiente dinero para comprar el convento e instalarse. 
Vicente desea que sus "Hijas de la Caridad" estén en el mundo. Pero no es cosa fácil lograrlo. Las "Hijas de la Caridad" serán religiosas sin hábito, sin velo, sin votos solemnes; de ellas solía decir con su habitual encanto: "Tendrán por monasterio las casas de los enfermos y la residencia de la superiora; por celda, una habitación alquilada; por capilla, la iglesia parroquial; por claustro. las calles de la ciudad; por clausura, la obediencia continua en la Providencia y la ofrenda de todo cuanto son".  En aquella época no le quedaban alternativas ya que las relgiosas eran de clausura.
Para llevar a cabo su programa, Vicente se apoya decididamente no ya en las damas de familias capaces de aportar grandes dotes, sino en las sencillas aldeanas. Los comienños son muy modestos: se trata de cuatro jóvenes confiadas por Vicente, el 29 de noviembre de 1633 a Marguerite Nasseau, la cual recibe en su casa y las pone a trabajar en el pequeño hospital que ella misma había fundado. Se encarga a Luisa de Marillac que las enseñe a ser enfermeras y las instruya en la vida espiritual.
Luisa y Vicente las preparan para poder atender a todo tipo de personas necesitadas: niños y ancianos, locos y presidiarios, y a toda clase de pobres.
Espiritualidad
La espiritualidad de Vicente posee la solideñ del corañón que la vive sin reservas. Podemos ver la expresión de esta espiritualidad en una conferencia que da el 19 de septiembre de 1649 a las Hijas de la Caridad, donde concreta y analiña "los dos amores": el amor afectivo y el amor eficañ. El primero es "la ternura hacia las cosas que se ama", "la ternura del amor". Este amor, dirá más tarde, hace que uno se vuelva hacia Cristo "tierna y afectuosamente, como un niño que no puede separarse de su madre y grita "¡mamá!", cuando la ve alejarse" (notemos que Vicente habla aquí de Cristo como una madre).
Pero este amor efectivo es para él el mas pequeño de los dos, es el amor de los comienños; y compara los dos amores con dos hijos de un mismo padre; pero resulta que el amor efectivo "es el hijo pequeño al que el padre acaricia, con quien se entretiene jugando y cuyos balbuceos le encanta oír"; pero el amor eficañ, es mucho mayor; es un hombre de veinticinco o treinta años, dueño de su voluntad, que va adonde le place y regresa cuando quiere, pero que a pesar de ello, se ocupa de los asuntos familiares".
Vicente insiste mucho en este segundo amor y en el "quehacer" que conlleva: "Si hay alguna dificultad, es el hijo quien la soporta; si el padre es labrador, el hijo cuidará de que estén en orden las tierras y arrimará el hombro". En este segundo amor apenas se siente que se es amado y se ama: "Parece como si el padre no sintiera por el hijo ninguna ternura y no le amará". Sin embargo -afirma Vicente-. a este hijo mayor el padre "le ama mas que al pequeño". Y añade Vicente: "Hay entre vosotras algunas que no sienten a Dios en absoluto, que jamás le han sentido, que no saben lo que es sentir gusto en la oración, que no tienen la menor devoción, o al menos así lo creen... Hacen lo que hacen las demás, y lo hacen con un mayor que es tanto más fuerte cuanto menos lo sienten. Este es el amor eficañ que no deja de actuar, aun cuando no se deje ver".
Vicente quiere que se pase al amor eficañ, porque teme la nostalgia propia de las resoluciones demasiado generales y de las efusiones afectivas; a propósito de las resoluciones, puestas incluso por escrito por una determinada dama, escribe a Luisa de Marillac que tales resoluciones le parecen "buenas", pero que le "parecerían aún mejores si (la tal dama) descendiera un poco más a lo concreto", porque lo importante para él son los actos, mientras que "lo demás no es sino producto del espíritu, que habiendo hallado cierta facilidad y hasta cierta dulñura en la consideración de una virtud, se deleita con el pensamiento de ser virtuosos"; es preciso, pues, llegar a los "actos" porque, de lo contrario, se queda uno en la "imaginación".
Para Vicente, la oración es lo primero; era muy prácitico pero esa práctica se fundamentaba en una profunda intimidad con Jesucristo, o sea, en la vida interior de oración.
Vicente encuentra en su camino a los jansenistas. Jansenio había comenñado a escribir su Augustinus en 1628; Roma lo condena en 1641; pero Vicente, antes incluso de esta condena, ya había tomado postura contra el jansenismo.
En lugar de ponerse en tensión y tratar de que Dios se adapte a unos determinados moldes para el alma, Vicente, en oposición a los jansenistas, no dejará de proponer abandonarse tranquilamente a Dios. La gracia tiene sus momentos. Abandonémonos a la Providencia de Dios y guardémonos muy mucho de anticiparnos a ella.
Vicente era enemigo de la actividad compulsiva. Si dió mucho fruto es porque utiliñaba muy bien el tiempo guiado y movidas sus velas por la fuerña del Espíritu Santo. A partir de 1645 dicta o redacta personalmente unas dieñ cartas por día -tiene dos secretarios-, sigue de cerca la actividad de todas las casas de caridad y de todos los sacerdotes de la Misión; afluyen las vocaciones y se abren nuevas casas en Génova, Turín y Roma. En 1646 se funda una casa en Argel (donde estallará la peste en 1647) y se pide a la congregación que acuda a Marruecos; aquel mismo año se envían sacerdotes a Irlanda y Escocia. En 1648 va un grupo de misioneros a Madagascar. En 1651 parte un grupo para Polonia. En 1660, justamente antes de su muerte, Vicente concibe un proyecto de misiones en América y en China.
Entre 1650 y 1660 son particularmente tres regiones de Francia las que perciben mayor ayuda: la Ile-de-France, la Champagne y la Picardie cuyas provincias han sido saqueadas y desvastadas por los soldados. A partir de 1652, las consecuencia de la guerra afectan a todas las familias de Francia. Pero Vicente prosigue su actividad sin descanso, entregando siempre toda su persona. Lo único que exigía a los suyos era bondad, constancia y dulñura.
En 1660 Vicente tiene setenta y nueve años.. Desde aquel lejano día de 1617 en que decidió ponerse al servicio de los pobres, es decir, durante 43 años, no dejó de consumirse por ellos. Su horario era invariable: se levantaba a las cuatro de la mañana y se acostaba a las nueve de la noche; la jornada consistía en tres horas de oración, tres horas y media de lo que él llamaba "varios", y nueve horas y media de trabajo. Su vida estuvo constantemente marcada por ese trabajo pausado, regular y porfiado que recordaba el trabajo de los campesinos de su época, los campesinos entre los que había nacido.
Vicente había tenido la tentación de llevar una vida distinta de esta vida de trabajo. Hasta los 36 años no se convirtió al servicio de los pobres y a esta clase de vida. En el siglo XVII los hombres se dividían en dos clases: los que podían permitirse vivir sin trabajar, y la inmensa mayoría de los demás. Vicente estuvo a punto de optar por quedarse al otro lado de la barrera. Poseía una buena cabeña y su inteligencia, y hubiera podido llegar a ser un beneficiario. Pero el amor a Cristo reflejado en los pobres le movió a decidirse por el Evangelio. 
El 18 de abril de 1659, un año antes de su muerte, Vicente escribe una largas consideraciones sobre la humildad, que presenta como la primera cualidad de un sacerdote de la Misión.
En julio de 1660 se ve obligado a guardar cama. Toda su vida había sido una persona fuerte y robusta; el típico campesino de pequeña estatura -media 1 metro y 62 centímetros-, poseía una enorme resistencia, como si estuviera hecho de cal y canto. Entre julio y septiembre de 1644 se teme por su vida, pero sale bien, aunque se le prohibe montar a caballo; tenía las piernas inflamadas y tenía que caminar con un bastón. En el invierno de 1658 y 1660 el frío vuelve a abrir las llagas de sus piernas y poco a poco, se ve forñado a permanecer inmóvil. Se queda en Saint-Lañare, en medio de los pobres.
Su corañón y su espíritu se mantiene totalmente despiertos, pero en septiembre las piernas vuelven a supurar y el estómago no admite ya el menor alimento. El 26 de septiembre, domingo, le llevan a la capilla, donde asiste a Misa y recibe comunión. Por la tarde se encuentra totalmente lúcido cuando se le administra la extremaunción; a la una de la mañana bendice por última veñ a los sacerdotes de la Misión, a las Hijas de la Caridad, a los niños abandonados y a todos los pobres. Esta sentado en su silla, vestido y cerca del fuego. Así es como muere el 27 de septiembre de 1660, poco ante de las cuatro de la mañana, a la hora que solía levantarse para servir a Dios y a los pobres. Multitudes habían conocido los beneficios de su caridad.
San Vicente fue consejero de gobernantes y verdadero amigo de los pobres. "Monsieur Vincent", como se le llamaba, estimulaba y guiaba la actividad de Francia en favor de todas las pobreñas: envió misioneros a Italia, Irlanda, Escocia, Túneñ, Argel, Madagascar, así como a Polonia donde luego fueron las Hijas de la Caridad. Se rodeó de numerosos colaboradores, sacerdotes y seglares y, en nombre de Jesucristo, los puso al servicio de los que sufren.
Fue proclamado santo por el Papa Clemente XII, el 16 de junio de 1737. Su fiesta se celebra el 27 de septiembre.
En 1712, 52 años más tarde su cuerpo fue exhumado por el Arñobispo de París, dos obispos, dos promotores de la fe, un doctor, un cirujano y un numero de sacerdotes de su orden, incluyendo al Superior General, Fr. Bonnet.
"Cuando abrieron la tumba todo estaba igual que cuando se depositó. Solamente en los ojos y nariñ se veía algo de deterioro. Se le contaban 18 dientes. Su cuerpo no había sido movido, se veía que estaba entero y que la sotana no estaba nada dañada. No se sentía ningún olor y los doctores testificaron que el cuerpo no había podido ser preservado por tanto tiempo por medios naturales.
Vicente fue sobre todo el hombre que, al conseguir espolear el clero, renovó la Iglesia francesa. La Congregación de los "Paules" se convirtió en la orden mas vigorosa en Francia antes de la revolución francesa , con 6,000 miembros repartidos en 40 provincias.
La Congregación de Hijas de la Caridad se extendió por todo el mundo hasta el punto que en 1965 contaba con 46,000 hermanas. A lo largo de los siglos han prestado ayuda a millones de personas desgraciadas: niños abandonados, huérfanos, enfermos, heridos, refugiados, presidiarios, etc.
El servicio sencillo y discreto al prójimo constituye el principal fundamento de todas estas asociaciones vicentinas.


viernes, 27 de julio de 2012

Una historia sobre la Virgen del Carmen


Era el verano de 1845 cuando el barco inglés “Rey del Océano” se hallaba en medio de un feroz huracán. Las olas lo azotaban sin piedad y el fin parecía cercano. Un ministro protestante llamado Fisher en compañía de su esposa e hijos y otros pasajeros fueron a la cubierta para suplicar misericordia y perdón.
Entre la tripulación se encontraba el irlandés John JcAuliffe. Al mirar la gravedad de la situación, el joven abrió su camisa, se quitó el Escapulario y, haciendo con él la Señal de la Cruz sobre las furiosas olas, lo lanzó al océano. En ese preciso momento el viento se calmó. Solamente una ola más llegó a la cubierta, trayendo con ella el Escapulario, que quedó depositado a los pies del muchacho.
Durante lo acontecido el ministro había estado observando cuidadosamente las acciones de McAuliffe y fue testigo del milagro. Al interrogar al joven se informaron acerca de la Santísima Virgen y su Escapulario. El Sr. Fisher y su familia resolvieron ingresar en la Iglesia católica lo más pronto posible y así disfrutar la gran protección del Escapulario de Nuestra Señora.
El mar, grande, temeroso, terrible. Sobrecoge pen­sar que los antiguos se lanzaran a la mar sin más apa­rejos y seguridades que aquellas antiguas cáscaras de nuez. Aquellos hombres recios y quizá poco religiosos encontraban en la Virgen del Carmen una protectora inigualable en las oscuras noches en ese inmenso de­sierto de agua y sal que es el océano.
Es momento de reconocernos humildes y, con co­razón de hijos, acudir a María. Siéntate aquí, a mi lado, madre amorosa, que hoy quiero más que nunca rezar contigo, sentir tu protección, experimentar tu ternura. El camino es largo, las tentaciones duras, mi pobreza grande: ven, madre del amor hermoso, enséñame a con­ducirme con pureza y generosidad.
***
El monte Carmelo es un lugar maravilloso al borde del Mediterráneo (en Tierra Santa) donde se ha dado culto a diversos dioses desde tiempo inmemorial.
Allí -nos cuenta la Escritura- se encontró Elías con los profetas de Baal, y disputaron por reconocer qué dios era el verdadero, demostrándose al final que Yahvé es el único Dios, vivo y verdadero.
En el siglo III y IV d.C. se dieron cita en la colina hombres austeros que llevados por su espíritu de ora­ción y penitencia se retiraron a este lugar. Fue en el siglo XII cuando un grupo de devotos procedentes de Occi­dente que habían visitado la tierra donde nació Jesús de­cidió tomar morada permanente en el Monte Carmelo. Allí construyeron la primera iglesia dedicada a Nuestra Señora. Quisieron vivir en oración y pobreza, amando muy especialmente a la Virgen María. Ese primer grupo fue el origen de una orden hoy tan conocida como son los carmelitas.
Fuente: Fulgencio Espa, en Julio, con Él

viernes, 11 de mayo de 2012

Historia del Rosario


Prólogo

         Entre las devociones con que el pueblo cristiano honra a la Virgen María sobresale el santo rosario; es la reina de las devociones marianas. Múltiples son las razones de esta afirmación. Destacamos algunas de ellas. Oleo de Sor María José Aranguren - Santa Clara (Palencia)

El rosario tiene raíces muy profundas en el alma del pueblo cristiano. Para orar por un difunto, para pedir por una necesidad, para ejercitar la oración en familia... los cristianos recurren al rezo de esta devoción de manera espontánea.

El rosario tiene una base escriturística amplia y sólida: sus misterios y sus oraciones están tomados de testos bíblicos. Esta oración es un resumen del Nuevo testamento.

Difícilmente se puede encontrar una síntesis más armónica de  oración mental y vocal que el rosario; en él se ora con los labios, se medita con la mente y se ama con el corazón.

La historia de la salvación está perfectamente presentada en sus momentos culminantes en los misterios del rosario.

Cuando a algún sacerdote, por dificultades especiales, hay que dispensarle el rezo del oficio divino, frecuentemente se le conmuta por el rezo del rosario.

La Virgen María, en apariciones tan sólidamente cimentadas por la actitud de la Iglesia jerárquica como las de Lourdes y Fátima, ha pedido esta práctica piadosa.

Los santos, sobre todo los de los últimos tiempos, han excitado al pueblo cristiano, con sus exhortaciones y ejemplo, a la práctica de esta devoción.

Los Papas, en incontables documentos de su magisterio, han recomendado insistentemente el rezo del rosario.

Prehistoria


         El Rosario, como forma actual, tuvo su prehistoria y su evolución. No fue una fórmula precisa y fija que la Virgen le entregara a Santo Domingo, tal como se representa en la iconografía. Ya se representaba así en dos cuadros del siglo XIII, destruidos en la revolución francesa y en los que aparecía la Virgen dando el rosario a santo Domingo. Con este tipo de representaciones iconográficas se trata de expresar el dono de la obra de santo Domingo, debida, aunque con elementos previos, a una iluminación sobrenatural, que le hizo estructurar y extender esta devoción en sus elementos fundamentales. Santo Domingo nace en 1170 y muere el año 1221. ¿Cuál es su obra como fundador del rosario? ¿Con qué prehistoria se encontró? Naturalmente se trata de la primera parte del Ave María, ya que el “Santa María” y las partes siguientes no se generalizaron en el rosario hasta principios del siglo XVII. Y hasta parece seguro que el nombre de “Jesús”, añadido a la primera parte del rezo avemariano, no se generalizó hasta mediados del siglo XIII.

         El rosario, como se verá, tuvo una evolución muy varia hasta obtener la forma actual, establecida por la autoridad de la Iglesia. Pero antes – ya se verá la parte que santo Domingo tuvo en ello- el caso, escribe el P. Getino, era saludar insistentemente a la Virgen, dirigirle esa gratísima salutación que le dirigieron el Ángel y santa Isabel, contemplar con ese dulce acorde su vida y, más aún, la de su Hijo divino, mezclar en esas guirnaldas de rosas marianas algunos Padrenuestros (que esos sí se rezaban completos), y entregarse al amor y a la imitación de la Madre de Dios por medio tan sencillo.”  

El rezo del Ave María en el siglo XIII


Es inútil buscar el rezo difundido del Ave María antes del siglo XII. Sólo se encontraría en algunas liturgias, no exentas de interpolaciones. Lo que sí se rezaba era el Padrenuestro.

Hacia el siglo XII no hay nada que merezca una consignación sobre el rezo del Ave María. Las homilías de los Santos Padres y los cánones de los Concilios recomiendan mucho la recitación del Símbolo de la fe, el Credo, y la oración dominical; pero el Ave María no aparece recomendada hasta finales de esa centuria, y eso una sola vez.  A veces se encuentran citados casos esporádicos, anecdóticos, del rezo del Ave María. San Pedro Damián habla de un religioso que todos los días iba ante el altar de la Virgen y le cantaba la salutación angélica.

En la crónica de san Bartolomé de Carpineto, se lee que el monje Oliverio murió recitando la salutación angélica, lo que también consta de otro monje, Reinaldo de Clairvaux, en tiempo de san Bernardo, que tenía sus delicias en repetirla. San Ayberto, que murió en la primera mitad del siglo XII, recitaba cada día cincuenta Avemarías; el monje Josión, algo posterior, cinco; una cierta Eulalia, de la que habla el Menologio cisterciense –aunque no es seguro que sea del siglo XII- también rezaba ciento cincuenta veces la salutación angélica. También recitaba un abundante número de Avemarías, Cesario Heisterbach que vivió en tiempos de Alejandro III y murió en 1240. Se cuenta asimismo de una señora, sin indicación de nombre, que recitaba la salutación angélica al ir a la iglesia y al encontrarse con alguna imagen de la Virgen, según refiere el Belvacenses. Del monje Bertoldo, benedictino del siglo XII, se dice que aprendió a recitar el Padrenuestro, el Símbolo y la salutación angélica. Hay que advertir que de san Ayberto consta que a las  Avemarías “añadía las palabras de santa Isabel.”

Las vidas de san Norberto, san Bruno, san Bernardo, santa Hildegarda y demás bienaventurados del siglo XII nada nos ofrecen de recitaciones avemarianas a pesar de su devoción a la Virgen. Las Constituciones de sus Órdenes respectivas guardan silencio en este siglo, lo mismo que las Constituciones de Concilios, Sínodos y Pontífices. No sólo no aparece prescrito   el rezo avemariano a los clérigos, sino que ni siquiera a los legos que no sabían reza el  Oficio divino. Solamente en los estatutos de Guigués se preceptúa a los legos rezar trescientos Padrenuestros por cada difunto. (Mabillón)

Solamente hay una disposición de carácter general en que se manda por Eudes de Sully, obispo de París, en 1298, que los presbíteros enseñen y se aprenda por los fieles el rezo del Padrenuestro, el Credo y la “Salutación  a la Bienaventurada Virgen” No se sabe el efecto que esto tuvo en la diócesis de París, pero se diría que el terreno se iba haciendo propicio al rezo avemariano. Como se ve, el rezo del Ave María no era usual, sino esporádico y anecdótico. Pero en adelante cambiaría.

Santo Domingo y el rezo del Ave María


         ¿Qué se sabe de santo Domingo en relación con el rezo de  las Ave María? No abundan los documentos pues consta que muchos han desaparecido. Sin embargo, hay datos de interés para saber su acción en la estructura fundamental, en el modo de hacerlo y el influjo que esto tuvo en otros. Desde primera hora se registra el modo de orar tan peculiar que él tenía: en los caminos, en las posadas, en las iglesias y en las salas capitulares. Unas veces oraba en silencio, otras en voz alta perfectamente perceptible. Así lo narra el pequeño libro “Modos de orar de Santo Domingo”, escrito probablemente por Fr. Gerardo de Teutona. Este fraile asistió al capítulo general de Luca en 1288 y entregó allí el documento en que recogía todo lo que había podido saber de él de labios de Sor Cecilia, discípula predilecta del santo. En él se dice que santo Domingo oraba moviéndose “con gran agilidad, levantándose y arrodillándose...” “A veces hablaba en su corazón y apenas se le oía y quedaba en  genuflexión como en éxtasis” (stupefactus diu valde) Con este ejemplo, haciendo más que diciendo, enseñaba a los frailes de este modo. Estos modos de orar los practicaba en todas partes.

         ¿Qué oraciones tenía en este acompasado rezar con innumerables genuflexiones? En la obra citada se dice que con ello “enseñaba a los frailes”. Lo que éstos hacían se sabe por  Galvano de la Fiamma: “Además hechas (por los frailes) las dichas devociones a la Virgen bienaventurada, unos se arrodillaban cien, otros doscientas veces entre día y noche y decían otras tantas veces el Ave María.”

         Si esto copiaron los discípulos de él es que era una manera predilecta y usual de orar de santo Domingo- Galvano de la Fiamma dice que Fray Teutónico “en todas sus alabanzas a la Virgen decía el Ave María de rodillas.” Y en el citado libro de los “Modos de orar”, en el códice de Bolonia, de principios del siglo XV, pone dibujos en los que aparece santo Domingo orando en las características formas que él tenía; en el frontal del altar ante el que reza, se pone dos veces el Ave María, y en otro de los grabados pone el “Gratia”

El "Ave María" y la Orden


         El beato Jordán de Sajonia, sucesor inmediato de santo Domingo de Guzmán en el gobierno de la Orden, después de unas prescripciones litúrgicas, manda que, al final de cada uno de los salmos prescritos, se rece el Ave María “con genuflexión”. Y Gerardo de Frachetto en su obra “Vitae Fratrum, obra del siglo XIII, en la que recogió todos los datos que se sabían de los primeros días de la Orden, por precepto de su Maestro General, que asimismo dio orden a los conventos que se le informase de todo lo que se supiese, cuenta  de un fraile que ante una tentación, se fue delante de una imagen de la Virgen y le rezó la “salutación angélica arrodillándose según costumbre”. Este tipo del frecuentísimo uso del Ave María con genuflexiones vino a ser, en el siglo XIII, ordinario en la Orden. Lo mismo sucedió con las religiosas. Así, entre las informaciones realizadas en 1270 en Ruan, acerca de los milagros de santo Domingo, se lee de una joven monja de aquella población, llamada Perrette, sobrina del P. Beaulieu, confesor del rey san Luis, que mientras rezó cien Avemarías, arrodillándose, se curó de una enfermedad. De otra dominica llamada Estefanía Ferrete, del convento de Unterlinden, durante cincuenta años recitó diariamente ciento cincuenta Avemarías, arrodillándose otras tantas veces o poniéndose “en venia” o postración. Santa Margarita de Hungría, hija del rey Bela, recibida en la Orden por el beato Humberto, y la beata Benvenuta Boyani, también dominica del siglo XIII, rezaban diariamente mil veces el Ave María, acompañándola la primera de rodillas y la segunda de postraciones o “venias”. El propio san Luis, rey de Francia, recitaba cada día cincuenta Avemarías, arrodillándose a cada una.

 

La formulación del rezo 


El rezo arrodillado del Ave María era una práctica en la Orden dominicana legislada por el propio fundador. El beato Raimundo de Capua, sucesor de santo Domingo, escribe que fundó una milicia de seglares – “Milicia de Jesucristo”- vinculada a la Orden. A sus miembros les mandó “rezar a diario un cierto número de Padrenuestros y de Avemarías que rezarían en lugar de las horas canónicas”. Gregorio IX, en la bula que aprueba esta Milicia, establece que por cada hora canónica digan siete padrenuestros y por cada hora del oficio de la Virgen siete Avemarías. Esos cuarenta y nueve Padrenuestros y cuarenta y nueve Avemarías se diría que son la confirmación pontificia a lo establecido por santo Domingo. Empieza a aparecer el primer elemento del Rosario. Era alabanza  a María y protesta también contra los albigenses que negaban que María fuese madre de Cristo. Así lo atestigua el escritor Moneta de Cremona.

En las Beguinas de Gante- un pueblo entero de mujeres piadosas dirigido por dominicos- y cuya Regla data de 1234, se lee: “Cada Beguina...debe rezar cada día tres guirnaldas, orando, que se llaman “Salterio de la bienaventurada Virgen.” En un documento del año 1227 se manda rezar por los difuntos el “Psalterium beatae Mariae Virginis”. Si las “guirnaldas” constan de cuarenta y nueve Ave Marías – por imitar al salterio de oficio divino diario, las tres “guirnaldas” son ciento cuarenta y siete Ave Marías. El Rosario avemariano empieza prácticamente a constituirse en estos momentos.

         En la “Regla de San Sixto” del convento de las dominicas de San Sixto en Roma y, dada por Santo Domingo, mientras las monjas de coro tiene que rezar el Oficio  divino, a las “legas” les impuso el rezo de “una guirnalda”. Y en el convento de dominicas de Santo Domingo el Real de Madrid – el único de monjas que fundó personalmente  Santo Domingo en España- hay un códice en pergamino que dice: “copiado del antiguo que se usaba cuando el Santo fundó el convento.” En él se reglamentan los rezos; y el número de Ave Marías es numeroso y lo han de hacer muchas veces. Así, por ejemplo, al levantarse dirán “en los días feriales 28 Pater noster y otras tantas Ave Marías”.

La regulación de los rezos para los novicios, en el Oficio de la Virgen, es muy interesante como consta en un códice del siglo XIII. Después de los maitines de la Virgen, el novicio “meditará”  “cum ardore” los beneficios de Dios: “la Encarnación, Nacimiento, Pasión y orar cosas generales semejantes....” y terminando la meditación de todo ello con el “Pater noster et Ave María”.

         El rezo del Ave María, que se encuentra en el siglo XII rezado circunstancialmente por alguna que otra persona, en el siglo XIII, ya en sus principios, se recita al lado de Santo Domingo con una generalidad asombrosa; sus frailes lo hacen objeto de sus amores después de Completas; lo tienen en lugar de Oficio divino los socios de la Milicia de Jesucristo; lo reciben las monjas y novicios y forma parte del rezo obligatorio de los legos, de lo que pudiéramos llamar su Oficio divino.

         Pero no sólo con Santo Domingo florece y se extiende el rezo del Ave María, sino que va a florecer en forma de “quincuagenas”, que es el número del Rosario, ya en su primera época. Las genuflexiones que se hacían, y a las que acompañaba por regla general el rezo avemariano, era normalmente el de 50 o múltiplos de este número. Como antes se ha visto, los frailes “imitaban” a Santo Domingo en sus rezos que era “recitar con genuflexiones” el Ave María, lo que hacían “unos, cien y otros, doscientas veces.

El rezo del Avemaría en algunos países de la Europa medieval


         En Bélgica tenía esta costumbre santa María de Oignies, discípula predilecta de dos grandes amigos de Santo Domingo. También se señalan los nombres de Beatriz de Florival, Ida de Jesús, Margarita de Iprés y, sobre todas, las Beguinas de Gante que rezaban las 150 avemarías.

         En Alemania se cita a Cristina Ebnerim, célebre mística dominica del convento de Engelthal que diariamente saludaba a la Virgen con 100 avemarías, y Estefanía Ferretti, dominica de Comar que, durante cincuenta años recitó a diario las 150 avemarías.

         En Italia la beata Benvenuta Boyani recitaba el Ave María centenares de veces al día; ya en el siglo XIII.

         En Suiza, las dominicas de Toesz, en la primera mitad del siglo XIV recitaban también las 150 avemarías.

Resumen del primer período de la historia del rosario 


El Ave María en forma de cincuentenas no tiene, en este período, una estabilización fija, como se comprueba en la consulta que María de Tarascón, hermana de Clemente IV y favorecedora de los dominicos, hace al Capítulo General preguntando “qyé número de Padrenuestros y de Avemaría” sería el más conveniente para rezar por dicha reunión capitular. Así lo contó su hermanos al historiador  Gerardo de Frachet que lo narra en su “Vitae Fratrum”. Si quisiéramos resumir la obra de Santo Domingo con respecto al Avemaría, reflejada en su obra y en las costumbres de sus discípulos,  se puede afirmar que su preocupación fue introducir el rezo avemariano : a) en el Oficio de la Virgen para los clérigos. B) en lugar del Oficio divino para los hermanos cooperadores y para los cofrades de la Milicia de Jesucristo, hoy Dominicos Seglares y c) fuera del Oficio prefiriendo en este caso las cincuenta avemarías.

El Rosario como objeto devocional o “contador  de cuentas”


        

         Es obvio que en tiempo de Santo Domingo no existía el rosario-objeto devocional tal y como lo conocemos hoy. Existía, no obstante, un tipo de “contador”  para el rezo múltiple del Paternóster y se llevaba a la vista. Cuando el beato dominico Marcolino de Forli, siglo XIV, rezaba a diario cine Padrenuestros y cien Avemarías, llevaba las cuentas a la vista –en palabras del beato Juan Domínici- y lo hacía “siguiendo la costumbre de los hermanos conversos”. Tal contador de Padrenuestros era muy usado por los dominicos pero es de uso anterior a ellos y figura en estatuas y en sepulcros, aunque con diez o doce cuentas solamente. Estas cuentas eran corredizas y otras estaban formadas por nudos; ambas fueron usadas también para el rezo del Rosario, ya que éste no lo tuvo propio al principio hasta que se estableció ya la fórmula rosariana. En la primera época es difícil identificarlos como contadores de Padrenuestros o de Avenarías. Aparecen frecuentemente como “hilos de cuentas”.


Se imponen los contadores de cuentas rosarianas

 
         En las actas del Capítulo Provincial de Orvieto, año 1261, se mencionan los contadores de Padrenuestros del tipo de “hilos” que usaban los hermanos conversos. Del mismo género eran, al parecer, los que usaban Santa Inés de Montepulciano, 1317, y otras dominicas de los siglos XIII, XIV y XV. El historiador P. Mezard examina dieciocho casos de dominicos anteriores a Alano de la Roche que llevaban “corona, rosario o paternóster”, como más generalmente se le llamaba. El que Santa Catalina de Siena regaló al padre de su amiga Alesia tenía cien cuentas. Igual que el del beato Marcolino de Forli, dominico de la misma época. Hasta  en esos”hilos” prendió el  lujo. En uno de 1333, el “hilo” tenía tres cuentas de ámbar, dos de cristal, dos de coral, etc. El Capítulo provincial de Orvieto de 1261 manda a los hermanos conversos traer un paternóster que no sea de ámbar ni de coral. Pero no indica el número de cuentas ni de avemarías que agregaba a los Padrenuestros.


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