sábado, 1 de marzo de 2014

La libertad se llama dignidad



EN el prin­ci­pio fue el mie­do. En el prin­ci­pio fue el te­mor a que las pro­pias con­vic­cio­nes no dis­pu­sie­ran de la po­pu­la­ri­dad que se­ña­lan los son­deos. En el prin­ci­pio fue el pá­ni­co a ir con­tra la co­rrien­te, el ho­rror al de­te­rio­ro de la pro­pia ima­gen, el es­pan­to de quien se que­da a so­las con sus ideas. Por­que el li­de­raz­go po­lí­ti­co de nues­tros días no se ba­sa en la ejem­pla­ri­dad de la con­duc­ta, sino en la adap­ta­ción a las cir­cuns­tan­cias. Lo más des­di­cha­do de es­te tiem­po no es so­lo que nues­tra so­cie­dad ha­ya per­di­do aque­llos va­lo­res esen­cia­les que ex­pli­can el sis­te­ma ner­vio­so de una cul­tu­ra y el an­da­mia­je éti­co de una ci­vi­li­za­ción. Es más la­men­ta­ble, en fin, ha­ber ba­ja­do a un ni­vel en que el es­pe­sor del com­pro­mi­so con la ver­dad se con­si­de­re me­nos apre­cia­ble que la del­ga­dez del re­la­ti­vis­mo. Es de­sola­dor que, tras ha­ber des­trui­do uno a uno los edi­fi­cios en los que se ins­pi­ra­ba nues­tra ar­qui­tec­tu­ra cul­tu­ral, ha­ya quien quie­ra con­ver­tir lo que no es más que in­tem­pe­rie éti­ca en el re­fu­gio ilu­so­rio de una irres­pon­sa­ble li­ber­tad.
Los his­to­ria­do­res he­mos per­ci­bi­do siem­pre la cri­sis de una ci­vi­li­za­ción en la pér­di­da de una con­cien­cia, en la ero­sión de una se­rie de cer­te­zas fun­da­cio­na­les en las que co­bra sig­ni­fi­ca­do el sen­tir­se par­te de una in­men­sa tra­di­ción y de un gran pro­yec­to de vi­da en co­mún. La au­sen­cia de esa pers­pec­ti­va, mu­cho más que las pe­na­li­da­des ma­te­ria­les, es lo que ha con­du­ci­do a la des­truc­ción de so­cie­da­des que de­ja­ron de creer en ellas mis­mas por­que em­pe­za­ron por per­der su fe en los prin­ci­pios so­bre los que se ha­bían cons­ti­tui­do. La quie­bra de los va­lo­res en los que se fun­da una co­mu­ni­dad afec­ta a la im­pres­cin­di­ble in­te­gri­dad de una cul­tu­ra, a la va­li­dez de una ma­ne­ra de en­ten­der el mun­do, a la fir­me­za de un mo­do de or­de­nar una exis­ten­cia co­lec­ti­va.
Si una na­ción es la cau­sa que de­fien­de, si una so­cie­dad es el es­pí­ri­tu que la ins­pi­ra, si una ci­vi­li­za­ción es la con­cien­cia de su con­ti­nui­dad his­tó­ri­ca, la gra­ve­dad de la cri­sis de Es­pa­ña no se en­cuen­tra en los cu­ra­bles des­equi­li­brios de nues­tra eco­no­mía, sino en el atroz va­cia­do de los prin­ci­pios que nos hi­cie­ron par­te de un gran es­pa­cio al que lla­ma­mos Oc­ci­den­te. No po­drá con­so­lar­nos de es­ta pér­di­da que tam­bién se su­fra en otros paí­ses eu­ro­peos, aun­que en el nues­tro la co­sa em­peo­re por la fal­ta de re­sis­ten­cia ideo­ló­gi­ca, por el com­ple­jo de in­fe­rio­ri­dad, por la inau­di­ta ca­ren­cia de co­ra­je cí­vi­co con el que se acep­ta la de­rro­ta sin ha­ber da­do la ba­ta­lla. Y mu­cho más por­que Es­pa­ña es el úni­co país oc­ci­den­tal en el que se ad­mi­ten re­pro­ches po­lí­ti­cos y des­plan­tes doc­tri­na­les de quie­nes, en los úl­ti­mos cien años, han he­cho pa­sar a Eu­ro­pa por las eta­pas más ver­gon­zo­sas de las que guar­da me­mo­ria la mo­der­ni­dad.
La nor­ma que de­be re­gu­lar la in­te­rrup­ción del em­ba­ra­zo vuel­ve a pre­sen­tar­se co­mo ese te­rri­to­rio de abun­dan­tes vi­cios pri­va­dos y es­ca­sas vir­tu­des pú­bli­cas don­de to­ma for­ma nues­tra vi­da so­cial. Los con­flic­tos desata­dos por el pro­yec­to son el es­ce­na­rio en el que se re­pre­sen­ta la tris­te en­ver­ga­du­ra de nues­tras con­vic­cio­nes. En es­tas úl­ti­mas jor­na­das, el lla­ma­do «tren de la li­ber­tad» ha rea­li­za­do un cor­to via­je sen­ti­men­tal, un vo­ci­fe­ran­te trans­por­te de mer­can­cías ideo­ló­gi­cas, cu­yo evi­den­te es­ta­do de ca­du­ci­dad no les im­pi­de pre­sen­tar­se co­mo ali­men­to del pro­gre­so y to­ni­fi­can­te de la de­mo­cra­cia. De nue­vo, las ex­hor­ta­cio­nes de es­te sec­tor guar­dan los atri­bu­tos esen­cia­les de un ac­to de pro­pa­gan­da y des­car­tan cual­quier in­di­cio de los re­cur­sos de una ar­gu­men­ta­ción. Lo que cuen­ta es, co­mo siem­pre en el mun­do es­té­ti­co de nues­tra iz­quier­da, la pues­ta en es­ce­na: ex­hi­bir dos ca­mi­nos que con­du­cen al mis­mo co­ra­zón de las ti­nie­blas.
El pri­me­ro, que la de­fen­sa de la vi­da es una pa­té­ti­ca exa­ge­ra­ción del len­gua­je, una inexac­ti­tud gran­di­lo­cuen­te de reac­cio­na­rios, que con­fun­den una sim­ple acu­mu­la­ción de ma­te­ria or­gá­ni­ca con un ser hu­mano. El se­gun­do, que sea cual sea la con­di­ción de lo que una mu­jer em­ba­ra­za­da lle­va en su seno, a ella so­la­men­te co­rres­pon­de to­mar la de­ci­sión de per­mi­tir que la ges­ta­ción con­ti­núe o se in­te­rrum­pa. Siem­pre fiel a ese me­lo­dra­má­ti­co es­tu­por lai­cis­ta que pa­ra­li­za los ór­ga­nos sen­so­ria­les de nues­tra iz­quier­da, quie­nes se ma­ni­fies­tan in­di­can que la Igle­sia tra­ta una vez más de in­cul­car sus dog­mas a los no cre­yen­tes, co­mo si el abor­to fue­ra un asun­to que na­ce y mue­re en el cau­ce mo­ral del ca­to­li­cis­mo. Co­mo si la de­fen­sa de ese pro­yec­to exis­ten­cial que es una vi­da ya con­ce­bi­da no tu­vie­ra más mo­ti­va­ción que las con­vic­cio­nes re­li­gio­sas.
No creo que ha­ya es­pec­tácu­lo más do­lo­ro­so que el de una so­cie­dad que se plan­tea la can­ce­la­ción de una vi­da co­mo un ac­to de li­ber­tad. De­je­mos aho­ra la ya pe­no­sa ar­gu­men­ta­ción acer­ca de la ca­li­dad hu­ma­na de lo que una ma­dre lle­va en su vien­tre. Con­si­de­re­mos que el úni­co mo­ti­vo que con­du­ce a pro­po­ner­se el abor­to es, pre­ci­sa­men­te, que lo que na­ce­rá se­rá una per­so­na, cu­ya exis­ten­cia ge­ne­ra­do­ra de con­flic­tos o in­co­mo­di­da­des, cu­ya exis­ten­cia inopor­tu­na, cu­ya exis­ten­cia sin va­lor quie­re des­truir­se. Por­que, de no es­tar pre­vis­ta la lle­ga­da al mun­do de una per­so­na, ¿en qué con­sis­ti­ría la preo­cu­pa­ción de esa ma­dre que de­fi­ne co­mo de­re­cho la pro­pie­dad ab­so­lu­ta so­bre su cuer­po y una abe­rran­te so­be­ra­nía so­bre una vi­da que aún ha de exis­tir? Si na­cer es al­go más que cum­plir un trá­mi­te hos­pi­ta­la­rio, si vi­vir cons­cien­te­men­te es al­go más que un he­cho bio­ló­gi­co, no po­de­mos pen­sar que la con­cep­ción es un sim­ple asun­to de efi­cien­cia re­pro­duc­ti­va, sino el preám­bu­lo fas­ci­nan­te y abru­ma­dor de la ca­pa­ci­dad de crear una exis­ten­cia hu­ma­na.
La li­ber­tad es aque­llo que nos rea­li­za, es aque­llo que nos da nues­tra con­di­ción úni­ca en­tre to­das las es­pe­cies que vi­ven en la Tie­rra. Pro­cla­mar que la in­te­rrup­ción de una vi­da no es un me­ro ac­to de vo­lun­tad, sino el acon­te­ci­mien­to en el que la li­ber­tad co­bra to­da su ple­ni­tud, so­lo pue­de ema­nar de ese tra­yec­to fe­rro­via­rio, de ese via­je al fon­do de la no­che que se ha em­pren­di­do en nom­bre de una fal­sa eman­ci­pa­ción. Por­que aquí no se tra­ta ya de que una mu­jer ex­pre­se las con­di­cio­nes dra­má­ti­cas en que tan­tas ve­ces pue­de dar­se un em­ba­ra­zo no desea­do. Es­ta­mos an­te la ani­qui­la­ción mo­ral de una so­cie­dad, que con­si­de­ra que las cues­tio­nes lla­ma­das «de con­cien­cia» y que se re­fie­ren a va­lo­res fun­da­men­ta­les pue­den pri­va­ti­zar­se has­ta el pun­to de ex­cluir cual­quier aten­ción del po­der pú­bli­co, cual­quier vi­gi­lan­cia su­je­ta al bien co­mún, cual­quier de­fen­sa de los de­re­chos de to­dos. ¿Que­da­rá la po­lí­ti­ca pa­ra cues­tio­nes me­no­res, pa­ra asun­tos ad­mi­nis­tra­ti­vos, pa­ra te­mas de ter­tu­lia, mien­tras los as­pec­tos esen­cia­les que han de­fi­ni­do la ca­li­dad su­pe­rior de nues­tra cul­tu­ra son aban­do­na­dos en el re­duc­to au­tis­ta de la con­cien­cia in­di­vi­dual?

Por creer lo con­tra­rio, quie­nes pen­sa­mos que en nues­tra con­duc­ta de­ben ser pre­ser­va­dos los de­re­chos y no los pri­vi­le­gios, que nues­tra le­ga­li­dad no pue­de dar por bueno lo que re­pug­na a nues­tra mo­ral, he­mos si­do aga­sa­ja­dos con la mu­ni­ción ha­bi­tual de nues­tra iz­quier­da. Por si nos sir­ve de con­sue­lo en es­te tran­ce di­fí­cil, en el que de­be­mos opo­ner la en­ver­ga­du­ra de las con­vic­cio­nes a los ín­di­ces de po­pu­la­ri­dad, no es­ta­rá de más re­cor­dar lo que un siem­pre lú­ci­do y ya vie­jo Ches­ter­ton di­jo a quie­nes le tra­ta­ban de reac­cio­na­rio: «Apren­dí lo que era la li­ber­tad cuan­do pu­de dar­le el nom­bre de dig­ni­dad».

miércoles, 1 de enero de 2014


«A veces Dios me envía instantes de paz; en esos instantes, amo y siento que soy amado; en uno de esos momentos compuse para mí mismo un credo, donde todo es claro y sagrado. Ese credo es muy sencillo. Es éste: creo que no existe nada más bello, más profundo, más simpático, más humano, más perfecto que Cristo; y me lo digo a mi mismo con un amor celoso, que no existe ni puede existir. Y más que eso: si alguien me probara que Cristo no está en la verdad y que ésta no se encuentra en él, prefiero quedarme con Cristo a quedarme con la verdad».
                              

                                              Fedor Dostoievski

viernes, 27 de diciembre de 2013

EL TREN DE LA VIDA


La vida es como un viaje en un tren, con sus estaciones, sus cambios de vías, sus accidentes.
Al nacer nos subimos al tren y nos encontramos con nuestros padres, y creemos que siempre viajarán a nuestro lado, pero en alguna estación ellos se bajarán dejándonos en el viaje solos. De la misma forma se subirán otras personas que serán significativas: nuestros hermanos, amigos, hijos y hasta el amor de nuestra vida. Muchos bajaran y dejaran un vacío permanente. Otros pasarán tan desapercibidos que ni nos daremos cuenta que desocuparon sus asientos! Este viaje estará lleno de alegrías, tristezas, fantasías, esperas y despedidas. El éxito consiste en tener una buena relación con todos los pasajeros, en dar lo mejor de nosotros.
El gran misterio para todos, es que no sabemos en que estación nos bajaremos, por eso, debemos vivir de la mejor manera, amar, perdonar, ofrecer lo mejor de nosotros... Así, cuando llegue el momento de desembarcar y quede nuestro asiento vacío, dejemos bonitos recuerdos a los que continúan viajando en el tren de la vida!!!!
Te deseamos que el viaje en tu tren para el año que viene sea mejor cada día, cosechando éxitos y dando mucho amor. Ah! Les damos las gracias a todos por ser pasajeros de nuestro tren.
Lo conduce Dios, vamos tranquilos!

viernes, 13 de diciembre de 2013

TELOS

Transitar sin fin, recuperar el mundo


Cuando se toma una calle o un camino con la vista o con la mente puestas en el destino al que se espera llegar (el filosófico telos), entonces el tránsito, la actividad misma de desplazarse, de desenvolverse por la ciudad o el campo, es solo un medio o un “momento” -en lenguaje hegeliano-, en ese proceso que debe, necesariamente, llegar al fin propuesto. El sentido, el valor y la razón de ser del movimiento tienen su fuente en la meta a la que se quiere arribar. Si por algún motivo no se alcanza el destino planeado entonces la marcha habrá fracasado. Vacía de sentido se perderá en el recuerdo del “debió ser”.
Seamos hegelianos, marxistas, cristianos o incluso ateos, la mayor parte de nuestra vida la transitamos -consciente o inconscientemente-, precisamente, guiados por esta lógica de los fines, trascendente y vertical, obsesionados por el porvenir (un relato fundacional de esta lógica se encuentra en la Ética a Nicómaco de Aristóteles). Así, en sentido estricto, fuerte, no vivimos el presente que pasa, que fluye a través de nosotros y en el que fluimos nosotros. No experimentamos la existencia o el Ser como Tiempo, Duración o Devenir. Por ello, fenomenológicamente hablando, no nos percibimos aquí (y ahora) sino siempre allá (y después), distendidos en un tiempo entendido como Cronos y, por ello, apresados en las garras de una linealidad temporal donde el pasado ya fue, el presente nunca es y el futuro aún será. Así, nunca existimos/insistimos plenamente.
Marchar sin telos, por el contrario, supone una transformación (inversión e incluso perversión) de nuestra manera de comprender la forma en la que ocupamos y nos desplazamos por el espacio y el tiempo (¡y la existencia!). Desde esta perspectiva, lo primero es asumir nuestra condición de seres arrojados -da-sein o ser-ahí, en lenguaje heideggeriano-, es decir, de seres que han atravesado por el acontecimiento traumático de la muerte de Dios. Acontecimiento que refiere, entre otras cosas, a la desaparición de toda finalidad para la existencia: el paradójico “fin de todos los fines”. En tanto tales, entonces, no tenemos a dónde ir, al menos no de manera predeterminada e imperativa. Ante semejante situación desesperada, se nos exige crear fines propios, deseados e inmanentes, desde los que emane el sentido y el valor de la propia y singular existencia (y haciendo un esfuerzo sobre humano, ¿también de la existencia en general?). Sin embargo, ubicado en una posición extremadamente radical, quien marcha sin telos (en la vida o en la calle), es quien ha renunciado al deseo de fundar (absolutamente), quien, por lo tanto, apropiándonos del bello título de una obra cartesiana, ha decidido vivir solamente bajo la guía de una “moral provisional”. Esto es, en equilibro sobre la cuerda floja de lo transitorio, inestable e impredecible; abierto a los encuentros de la experiencia del afuera, a las aventuras del pensamiento.
¿Qué gana y qué pierde este caminante existencial? Pierde, ya Nietzsche nos lo había advertido, las certezas que le permiten tener un mundo estable, amable, cualificado como verdadero. Y esto parece ser mucho. Sin embargo, esto es experimentado como algo negativo, como una real pérdida, solo por quienes han sido habituados a vivir bajo el imperativo del orden y el control: los sobre-protegidos (¡somos la mayoría ciertamente!). En cambio, esto aparece para los exploradores de tierras desconocidas, para los fundadores de mundo, como una ganancia infinita que consiste en la recuperación o reapropiación de la densidad del presente que pasa, del mundo como realidad existente ahí afuera y de sí mismo como fragmento material de ese real. Así, quien renuncia al Fin (trascendente) abraza al medio que, inmediatamente, deja de ser tal para convertirse en fin (inmanente). Así afirma la vida, una vida. Gracias a ello se le apertura una dimensión de la existencia/experiencia que antes perdía de vista: lo inmediato o lo-dado-ahí-para-ser-tomado-en-cuenta. Esto es, como decía Stanley Cavell, la recuperación de lo cotidiano, de las pequeñas cosas, de lo ordinario, de las pequeñas percepciones. Se accede así a una presentificación del mundo (se presenta en el presente vivido), en la que se hace posible una percepción ampliada o profunda, pues ya no depende de un pensamiento y de una voluntad sometidos a un porvenir tiránico que limita, coacciona, dirige el presente y todo lo que en él debe ser visto, pensado, deseado, realizado. Se libera entonces la percepción -y la experimentación en general- para que quede abierta a lo impredecible, a lo intempestivo, a la multiplicidad heterogénea y diferencial que el vivir en medio del devenir nos ofrece.
Una vez instalados ahí, en medio del plano de inmanencia de la vida, intermezzo, empezamos a ver. Amanece en el mundo por primera vez.

jueves, 11 de julio de 2013



San Benito
Abad, patrono de Europa (c. 480-547) Nació en el año 480 en Nursia (Italia).   Formado en Roma, vivió retirado llevando vida eremítica, reunió algunos discípulos y fundó varios monasterios en Subiaco.   
 Más tarde fundó el célebre monasterio de Montecasino y allí murió en el año 547, después de escribir la Regla monástica que lleva su nombre y que ha sido la más extendida en Occidente.   El Papa Pablo VI lo proclamó patrono de Europa por el extraordinario influjo que tanto su persona como sus monjes ejercieron en el establecimiento de las raíces cristianas en este continente.   
 Medalla de San Benito  La Cruz – Medalla de San Benito data de una época muy antigua y debe su origen a la gran devoción que el Santo profesaba al signo adorable de nuestra Redención y al uso frecuente que de él hacía y que recomendaba a sus discípulos para vencer las tentaciones, ahuyentar al demonio y obrar maravillas.   
 En un principio y durante muchos años la devoción a esta Cruz – Medalla de San Benito fue meramente local y exclusiva de los monasterios Benedictinos.  
  Explicación: la medalla de San Benito representa, de un lado, la imagen de la Cruz y en el otro, la del Santo Patriarca  El lado de la Cruz suele estar encabezado, o por el monograma del Salvado: IHS, o por el lema de la orden benedictina: PAX.  
En los cuatros ángulos de la Cruz háyanse grabadas las siguientes iniciales:
C.S.P.B., que significa: Cruz Sancti Patris Benedicti, o sea: Cruz del Santo Padre Benito, las cuales son como un anuncio de la Medalla y no forma parte del exorcismo.   
En las líneas vertical y horizontal y alrededor de la Cruz se leen, en el siguiente orden, estas otras iniciales, cuyas palabras componen la oración ó exorcismo que tanto teme Satanás y que conviene repetir a menudo:    
C.S.S.M.L.  Cruz Sancta Sit Mihi Luz La Santa Cruz sea mi luz  
N.D.S.M.D.  Non Draco Sit Mihi Dux No sea el dragón mi guía  
V.R.S.  Vade Retro Satanás Retírate Satanás 
 N.S.M.V. Numquam Suadeas Mihi Vana No me aconsejes vanidades   
 S.M.Q.L.  Sunt Mala Quae Libas  Son cosas malas las que tú brindas  
I.V.B.  Ipse, Venena Bibas Bebe tú esos venenos