viernes, 27 de julio de 2012

Una historia sobre la Virgen del Carmen


Era el verano de 1845 cuando el barco inglés “Rey del Océano” se hallaba en medio de un feroz huracán. Las olas lo azotaban sin piedad y el fin parecía cercano. Un ministro protestante llamado Fisher en compañía de su esposa e hijos y otros pasajeros fueron a la cubierta para suplicar misericordia y perdón.
Entre la tripulación se encontraba el irlandés John JcAuliffe. Al mirar la gravedad de la situación, el joven abrió su camisa, se quitó el Escapulario y, haciendo con él la Señal de la Cruz sobre las furiosas olas, lo lanzó al océano. En ese preciso momento el viento se calmó. Solamente una ola más llegó a la cubierta, trayendo con ella el Escapulario, que quedó depositado a los pies del muchacho.
Durante lo acontecido el ministro había estado observando cuidadosamente las acciones de McAuliffe y fue testigo del milagro. Al interrogar al joven se informaron acerca de la Santísima Virgen y su Escapulario. El Sr. Fisher y su familia resolvieron ingresar en la Iglesia católica lo más pronto posible y así disfrutar la gran protección del Escapulario de Nuestra Señora.
El mar, grande, temeroso, terrible. Sobrecoge pen­sar que los antiguos se lanzaran a la mar sin más apa­rejos y seguridades que aquellas antiguas cáscaras de nuez. Aquellos hombres recios y quizá poco religiosos encontraban en la Virgen del Carmen una protectora inigualable en las oscuras noches en ese inmenso de­sierto de agua y sal que es el océano.
Es momento de reconocernos humildes y, con co­razón de hijos, acudir a María. Siéntate aquí, a mi lado, madre amorosa, que hoy quiero más que nunca rezar contigo, sentir tu protección, experimentar tu ternura. El camino es largo, las tentaciones duras, mi pobreza grande: ven, madre del amor hermoso, enséñame a con­ducirme con pureza y generosidad.
***
El monte Carmelo es un lugar maravilloso al borde del Mediterráneo (en Tierra Santa) donde se ha dado culto a diversos dioses desde tiempo inmemorial.
Allí -nos cuenta la Escritura- se encontró Elías con los profetas de Baal, y disputaron por reconocer qué dios era el verdadero, demostrándose al final que Yahvé es el único Dios, vivo y verdadero.
En el siglo III y IV d.C. se dieron cita en la colina hombres austeros que llevados por su espíritu de ora­ción y penitencia se retiraron a este lugar. Fue en el siglo XII cuando un grupo de devotos procedentes de Occi­dente que habían visitado la tierra donde nació Jesús de­cidió tomar morada permanente en el Monte Carmelo. Allí construyeron la primera iglesia dedicada a Nuestra Señora. Quisieron vivir en oración y pobreza, amando muy especialmente a la Virgen María. Ese primer grupo fue el origen de una orden hoy tan conocida como son los carmelitas.
Fuente: Fulgencio Espa, en Julio, con Él

viernes, 11 de mayo de 2012

Historia del Rosario


Prólogo

         Entre las devociones con que el pueblo cristiano honra a la Virgen María sobresale el santo rosario; es la reina de las devociones marianas. Múltiples son las razones de esta afirmación. Destacamos algunas de ellas. Oleo de Sor María José Aranguren - Santa Clara (Palencia)

El rosario tiene raíces muy profundas en el alma del pueblo cristiano. Para orar por un difunto, para pedir por una necesidad, para ejercitar la oración en familia... los cristianos recurren al rezo de esta devoción de manera espontánea.

El rosario tiene una base escriturística amplia y sólida: sus misterios y sus oraciones están tomados de testos bíblicos. Esta oración es un resumen del Nuevo testamento.

Difícilmente se puede encontrar una síntesis más armónica de  oración mental y vocal que el rosario; en él se ora con los labios, se medita con la mente y se ama con el corazón.

La historia de la salvación está perfectamente presentada en sus momentos culminantes en los misterios del rosario.

Cuando a algún sacerdote, por dificultades especiales, hay que dispensarle el rezo del oficio divino, frecuentemente se le conmuta por el rezo del rosario.

La Virgen María, en apariciones tan sólidamente cimentadas por la actitud de la Iglesia jerárquica como las de Lourdes y Fátima, ha pedido esta práctica piadosa.

Los santos, sobre todo los de los últimos tiempos, han excitado al pueblo cristiano, con sus exhortaciones y ejemplo, a la práctica de esta devoción.

Los Papas, en incontables documentos de su magisterio, han recomendado insistentemente el rezo del rosario.

Prehistoria


         El Rosario, como forma actual, tuvo su prehistoria y su evolución. No fue una fórmula precisa y fija que la Virgen le entregara a Santo Domingo, tal como se representa en la iconografía. Ya se representaba así en dos cuadros del siglo XIII, destruidos en la revolución francesa y en los que aparecía la Virgen dando el rosario a santo Domingo. Con este tipo de representaciones iconográficas se trata de expresar el dono de la obra de santo Domingo, debida, aunque con elementos previos, a una iluminación sobrenatural, que le hizo estructurar y extender esta devoción en sus elementos fundamentales. Santo Domingo nace en 1170 y muere el año 1221. ¿Cuál es su obra como fundador del rosario? ¿Con qué prehistoria se encontró? Naturalmente se trata de la primera parte del Ave María, ya que el “Santa María” y las partes siguientes no se generalizaron en el rosario hasta principios del siglo XVII. Y hasta parece seguro que el nombre de “Jesús”, añadido a la primera parte del rezo avemariano, no se generalizó hasta mediados del siglo XIII.

         El rosario, como se verá, tuvo una evolución muy varia hasta obtener la forma actual, establecida por la autoridad de la Iglesia. Pero antes – ya se verá la parte que santo Domingo tuvo en ello- el caso, escribe el P. Getino, era saludar insistentemente a la Virgen, dirigirle esa gratísima salutación que le dirigieron el Ángel y santa Isabel, contemplar con ese dulce acorde su vida y, más aún, la de su Hijo divino, mezclar en esas guirnaldas de rosas marianas algunos Padrenuestros (que esos sí se rezaban completos), y entregarse al amor y a la imitación de la Madre de Dios por medio tan sencillo.”  

El rezo del Ave María en el siglo XIII


Es inútil buscar el rezo difundido del Ave María antes del siglo XII. Sólo se encontraría en algunas liturgias, no exentas de interpolaciones. Lo que sí se rezaba era el Padrenuestro.

Hacia el siglo XII no hay nada que merezca una consignación sobre el rezo del Ave María. Las homilías de los Santos Padres y los cánones de los Concilios recomiendan mucho la recitación del Símbolo de la fe, el Credo, y la oración dominical; pero el Ave María no aparece recomendada hasta finales de esa centuria, y eso una sola vez.  A veces se encuentran citados casos esporádicos, anecdóticos, del rezo del Ave María. San Pedro Damián habla de un religioso que todos los días iba ante el altar de la Virgen y le cantaba la salutación angélica.

En la crónica de san Bartolomé de Carpineto, se lee que el monje Oliverio murió recitando la salutación angélica, lo que también consta de otro monje, Reinaldo de Clairvaux, en tiempo de san Bernardo, que tenía sus delicias en repetirla. San Ayberto, que murió en la primera mitad del siglo XII, recitaba cada día cincuenta Avemarías; el monje Josión, algo posterior, cinco; una cierta Eulalia, de la que habla el Menologio cisterciense –aunque no es seguro que sea del siglo XII- también rezaba ciento cincuenta veces la salutación angélica. También recitaba un abundante número de Avemarías, Cesario Heisterbach que vivió en tiempos de Alejandro III y murió en 1240. Se cuenta asimismo de una señora, sin indicación de nombre, que recitaba la salutación angélica al ir a la iglesia y al encontrarse con alguna imagen de la Virgen, según refiere el Belvacenses. Del monje Bertoldo, benedictino del siglo XII, se dice que aprendió a recitar el Padrenuestro, el Símbolo y la salutación angélica. Hay que advertir que de san Ayberto consta que a las  Avemarías “añadía las palabras de santa Isabel.”

Las vidas de san Norberto, san Bruno, san Bernardo, santa Hildegarda y demás bienaventurados del siglo XII nada nos ofrecen de recitaciones avemarianas a pesar de su devoción a la Virgen. Las Constituciones de sus Órdenes respectivas guardan silencio en este siglo, lo mismo que las Constituciones de Concilios, Sínodos y Pontífices. No sólo no aparece prescrito   el rezo avemariano a los clérigos, sino que ni siquiera a los legos que no sabían reza el  Oficio divino. Solamente en los estatutos de Guigués se preceptúa a los legos rezar trescientos Padrenuestros por cada difunto. (Mabillón)

Solamente hay una disposición de carácter general en que se manda por Eudes de Sully, obispo de París, en 1298, que los presbíteros enseñen y se aprenda por los fieles el rezo del Padrenuestro, el Credo y la “Salutación  a la Bienaventurada Virgen” No se sabe el efecto que esto tuvo en la diócesis de París, pero se diría que el terreno se iba haciendo propicio al rezo avemariano. Como se ve, el rezo del Ave María no era usual, sino esporádico y anecdótico. Pero en adelante cambiaría.

Santo Domingo y el rezo del Ave María


         ¿Qué se sabe de santo Domingo en relación con el rezo de  las Ave María? No abundan los documentos pues consta que muchos han desaparecido. Sin embargo, hay datos de interés para saber su acción en la estructura fundamental, en el modo de hacerlo y el influjo que esto tuvo en otros. Desde primera hora se registra el modo de orar tan peculiar que él tenía: en los caminos, en las posadas, en las iglesias y en las salas capitulares. Unas veces oraba en silencio, otras en voz alta perfectamente perceptible. Así lo narra el pequeño libro “Modos de orar de Santo Domingo”, escrito probablemente por Fr. Gerardo de Teutona. Este fraile asistió al capítulo general de Luca en 1288 y entregó allí el documento en que recogía todo lo que había podido saber de él de labios de Sor Cecilia, discípula predilecta del santo. En él se dice que santo Domingo oraba moviéndose “con gran agilidad, levantándose y arrodillándose...” “A veces hablaba en su corazón y apenas se le oía y quedaba en  genuflexión como en éxtasis” (stupefactus diu valde) Con este ejemplo, haciendo más que diciendo, enseñaba a los frailes de este modo. Estos modos de orar los practicaba en todas partes.

         ¿Qué oraciones tenía en este acompasado rezar con innumerables genuflexiones? En la obra citada se dice que con ello “enseñaba a los frailes”. Lo que éstos hacían se sabe por  Galvano de la Fiamma: “Además hechas (por los frailes) las dichas devociones a la Virgen bienaventurada, unos se arrodillaban cien, otros doscientas veces entre día y noche y decían otras tantas veces el Ave María.”

         Si esto copiaron los discípulos de él es que era una manera predilecta y usual de orar de santo Domingo- Galvano de la Fiamma dice que Fray Teutónico “en todas sus alabanzas a la Virgen decía el Ave María de rodillas.” Y en el citado libro de los “Modos de orar”, en el códice de Bolonia, de principios del siglo XV, pone dibujos en los que aparece santo Domingo orando en las características formas que él tenía; en el frontal del altar ante el que reza, se pone dos veces el Ave María, y en otro de los grabados pone el “Gratia”

El "Ave María" y la Orden


         El beato Jordán de Sajonia, sucesor inmediato de santo Domingo de Guzmán en el gobierno de la Orden, después de unas prescripciones litúrgicas, manda que, al final de cada uno de los salmos prescritos, se rece el Ave María “con genuflexión”. Y Gerardo de Frachetto en su obra “Vitae Fratrum, obra del siglo XIII, en la que recogió todos los datos que se sabían de los primeros días de la Orden, por precepto de su Maestro General, que asimismo dio orden a los conventos que se le informase de todo lo que se supiese, cuenta  de un fraile que ante una tentación, se fue delante de una imagen de la Virgen y le rezó la “salutación angélica arrodillándose según costumbre”. Este tipo del frecuentísimo uso del Ave María con genuflexiones vino a ser, en el siglo XIII, ordinario en la Orden. Lo mismo sucedió con las religiosas. Así, entre las informaciones realizadas en 1270 en Ruan, acerca de los milagros de santo Domingo, se lee de una joven monja de aquella población, llamada Perrette, sobrina del P. Beaulieu, confesor del rey san Luis, que mientras rezó cien Avemarías, arrodillándose, se curó de una enfermedad. De otra dominica llamada Estefanía Ferrete, del convento de Unterlinden, durante cincuenta años recitó diariamente ciento cincuenta Avemarías, arrodillándose otras tantas veces o poniéndose “en venia” o postración. Santa Margarita de Hungría, hija del rey Bela, recibida en la Orden por el beato Humberto, y la beata Benvenuta Boyani, también dominica del siglo XIII, rezaban diariamente mil veces el Ave María, acompañándola la primera de rodillas y la segunda de postraciones o “venias”. El propio san Luis, rey de Francia, recitaba cada día cincuenta Avemarías, arrodillándose a cada una.

 

La formulación del rezo 


El rezo arrodillado del Ave María era una práctica en la Orden dominicana legislada por el propio fundador. El beato Raimundo de Capua, sucesor de santo Domingo, escribe que fundó una milicia de seglares – “Milicia de Jesucristo”- vinculada a la Orden. A sus miembros les mandó “rezar a diario un cierto número de Padrenuestros y de Avemarías que rezarían en lugar de las horas canónicas”. Gregorio IX, en la bula que aprueba esta Milicia, establece que por cada hora canónica digan siete padrenuestros y por cada hora del oficio de la Virgen siete Avemarías. Esos cuarenta y nueve Padrenuestros y cuarenta y nueve Avemarías se diría que son la confirmación pontificia a lo establecido por santo Domingo. Empieza a aparecer el primer elemento del Rosario. Era alabanza  a María y protesta también contra los albigenses que negaban que María fuese madre de Cristo. Así lo atestigua el escritor Moneta de Cremona.

En las Beguinas de Gante- un pueblo entero de mujeres piadosas dirigido por dominicos- y cuya Regla data de 1234, se lee: “Cada Beguina...debe rezar cada día tres guirnaldas, orando, que se llaman “Salterio de la bienaventurada Virgen.” En un documento del año 1227 se manda rezar por los difuntos el “Psalterium beatae Mariae Virginis”. Si las “guirnaldas” constan de cuarenta y nueve Ave Marías – por imitar al salterio de oficio divino diario, las tres “guirnaldas” son ciento cuarenta y siete Ave Marías. El Rosario avemariano empieza prácticamente a constituirse en estos momentos.

         En la “Regla de San Sixto” del convento de las dominicas de San Sixto en Roma y, dada por Santo Domingo, mientras las monjas de coro tiene que rezar el Oficio  divino, a las “legas” les impuso el rezo de “una guirnalda”. Y en el convento de dominicas de Santo Domingo el Real de Madrid – el único de monjas que fundó personalmente  Santo Domingo en España- hay un códice en pergamino que dice: “copiado del antiguo que se usaba cuando el Santo fundó el convento.” En él se reglamentan los rezos; y el número de Ave Marías es numeroso y lo han de hacer muchas veces. Así, por ejemplo, al levantarse dirán “en los días feriales 28 Pater noster y otras tantas Ave Marías”.

La regulación de los rezos para los novicios, en el Oficio de la Virgen, es muy interesante como consta en un códice del siglo XIII. Después de los maitines de la Virgen, el novicio “meditará”  “cum ardore” los beneficios de Dios: “la Encarnación, Nacimiento, Pasión y orar cosas generales semejantes....” y terminando la meditación de todo ello con el “Pater noster et Ave María”.

         El rezo del Ave María, que se encuentra en el siglo XII rezado circunstancialmente por alguna que otra persona, en el siglo XIII, ya en sus principios, se recita al lado de Santo Domingo con una generalidad asombrosa; sus frailes lo hacen objeto de sus amores después de Completas; lo tienen en lugar de Oficio divino los socios de la Milicia de Jesucristo; lo reciben las monjas y novicios y forma parte del rezo obligatorio de los legos, de lo que pudiéramos llamar su Oficio divino.

         Pero no sólo con Santo Domingo florece y se extiende el rezo del Ave María, sino que va a florecer en forma de “quincuagenas”, que es el número del Rosario, ya en su primera época. Las genuflexiones que se hacían, y a las que acompañaba por regla general el rezo avemariano, era normalmente el de 50 o múltiplos de este número. Como antes se ha visto, los frailes “imitaban” a Santo Domingo en sus rezos que era “recitar con genuflexiones” el Ave María, lo que hacían “unos, cien y otros, doscientas veces.

El rezo del Avemaría en algunos países de la Europa medieval


         En Bélgica tenía esta costumbre santa María de Oignies, discípula predilecta de dos grandes amigos de Santo Domingo. También se señalan los nombres de Beatriz de Florival, Ida de Jesús, Margarita de Iprés y, sobre todas, las Beguinas de Gante que rezaban las 150 avemarías.

         En Alemania se cita a Cristina Ebnerim, célebre mística dominica del convento de Engelthal que diariamente saludaba a la Virgen con 100 avemarías, y Estefanía Ferretti, dominica de Comar que, durante cincuenta años recitó a diario las 150 avemarías.

         En Italia la beata Benvenuta Boyani recitaba el Ave María centenares de veces al día; ya en el siglo XIII.

         En Suiza, las dominicas de Toesz, en la primera mitad del siglo XIV recitaban también las 150 avemarías.

Resumen del primer período de la historia del rosario 


El Ave María en forma de cincuentenas no tiene, en este período, una estabilización fija, como se comprueba en la consulta que María de Tarascón, hermana de Clemente IV y favorecedora de los dominicos, hace al Capítulo General preguntando “qyé número de Padrenuestros y de Avemaría” sería el más conveniente para rezar por dicha reunión capitular. Así lo contó su hermanos al historiador  Gerardo de Frachet que lo narra en su “Vitae Fratrum”. Si quisiéramos resumir la obra de Santo Domingo con respecto al Avemaría, reflejada en su obra y en las costumbres de sus discípulos,  se puede afirmar que su preocupación fue introducir el rezo avemariano : a) en el Oficio de la Virgen para los clérigos. B) en lugar del Oficio divino para los hermanos cooperadores y para los cofrades de la Milicia de Jesucristo, hoy Dominicos Seglares y c) fuera del Oficio prefiriendo en este caso las cincuenta avemarías.

El Rosario como objeto devocional o “contador  de cuentas”


        

         Es obvio que en tiempo de Santo Domingo no existía el rosario-objeto devocional tal y como lo conocemos hoy. Existía, no obstante, un tipo de “contador”  para el rezo múltiple del Paternóster y se llevaba a la vista. Cuando el beato dominico Marcolino de Forli, siglo XIV, rezaba a diario cine Padrenuestros y cien Avemarías, llevaba las cuentas a la vista –en palabras del beato Juan Domínici- y lo hacía “siguiendo la costumbre de los hermanos conversos”. Tal contador de Padrenuestros era muy usado por los dominicos pero es de uso anterior a ellos y figura en estatuas y en sepulcros, aunque con diez o doce cuentas solamente. Estas cuentas eran corredizas y otras estaban formadas por nudos; ambas fueron usadas también para el rezo del Rosario, ya que éste no lo tuvo propio al principio hasta que se estableció ya la fórmula rosariana. En la primera época es difícil identificarlos como contadores de Padrenuestros o de Avenarías. Aparecen frecuentemente como “hilos de cuentas”.


Se imponen los contadores de cuentas rosarianas

 
         En las actas del Capítulo Provincial de Orvieto, año 1261, se mencionan los contadores de Padrenuestros del tipo de “hilos” que usaban los hermanos conversos. Del mismo género eran, al parecer, los que usaban Santa Inés de Montepulciano, 1317, y otras dominicas de los siglos XIII, XIV y XV. El historiador P. Mezard examina dieciocho casos de dominicos anteriores a Alano de la Roche que llevaban “corona, rosario o paternóster”, como más generalmente se le llamaba. El que Santa Catalina de Siena regaló al padre de su amiga Alesia tenía cien cuentas. Igual que el del beato Marcolino de Forli, dominico de la misma época. Hasta  en esos”hilos” prendió el  lujo. En uno de 1333, el “hilo” tenía tres cuentas de ámbar, dos de cristal, dos de coral, etc. El Capítulo provincial de Orvieto de 1261 manda a los hermanos conversos traer un paternóster que no sea de ámbar ni de coral. Pero no indica el número de cuentas ni de avemarías que agregaba a los Padrenuestros.


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jueves, 3 de mayo de 2012

José, esposo,hijo y precursor “según las Escrituras”

Martes, 1 de mayo de 2012 Dejar un comentario Ir a comentarios
Hoy, 1 de mayo, celebramos la festividad de “José obrero”. Tiene su sentido esta fiesta; no lo vamos a negar. Sin embargo, la celebración de los cincuenta días de la Pascua –en la cual se inserta esta fiesta- nos ofrece una clave muy interesante para captar de una forma mucho más interesante la figura de José. Lo titularía así: “José, esposo, hijo y precursor según las Escrituras”[1].Jesús resucitado trae consigo un regalo excepcional cuando se aparece a los suyos: les hace “ver” que las Escrituras (la Ley, los Profetas, los Salmos) hablaban de Él. La resurrección de Jesús desvela el sentido último de toda la Escritura Santa. O dicho de otra manera, las Escrituras son enigmáticas, en cierta medida incomprensibles, cuando no se descubre en ellas su significado último: ¡Jesús y todo lo que en Él aconteció!
José es un personaje secundario -¡de reparto!- dentro del relato bíblico. Pero es, probablemente, aquel a quien habría que concederle año tras año uno de los óscar. Su figura, tal como aparece en las introducciones teológicas del Evangelio de Mateo y de Lucas sólo se comprende en su trans-historicidad; o dicho mejor, descubriendo su sentido en una historia grande de los pueblos, que supera con mucho su historia individual tan breve. Esa es la figura de José “según las Escrituras”.

¡Que viene el Esposo… salid a recibirlo!

Tenemos una tendencia a separar a José de María y a pensarlos independientemente. El evangelio de Mateo hace todo lo contrario: aunque José intenta repudiar a su esposa, movido por Dios, la acoge juntamente con el Niño que en ella ha sido concebido. La acoge “para siempre”, porque “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mt 19,4). María, José establecen una alianza irrompible entre ellos. Se pertenecen mutuamente y se dan identidad: María de José y José de María. El Niño Jesús será acogido en el espacio que esa Alianza le ofrece.
María y José son una pareja muy especial, muy simbólica. Ambos evocan otras extrañas parejas que les precedieron en la historia de Israel: Moisés y Séfora, Booz y Rut. Extraña fue la pareja de Moisés y Séfora: el gran legislador prohibió el matrimonio con extranjeras, y sin embargo, él tomó esposa de Madián y hubo con motivo de ello sacrificios del sacerdote y suegro Jetró. También el anciano Booz de Belén tomó como esposa a otra extranjera de la odiada Moab, Rut y ambos engendraron a Obed, el que sería abuelo del rey David. Extrañísima pareja también la de David con Betsabé –la mujer del asesinado Urías-, o los desposorios de Salomón con tantas extranjeras. José pertenecía a la tribu de Judá: una genealogía llena de mestizajes, de encuentros y bodas con los diferentes (Tamar y Rahab).
Sólo meditando las Escrituras podrían María y José entender su misteriosa función o misión. El evangelista Lucas nos presenta a un sacerdote, Zacarías, a quien Dios mantuvo mudo durante nueve meses, a quien Dios recluyó en un retiro meditativo: al final, se desató su lengua y pudo proclamar el “Benedictus”; canto interpretativo de aquello que acontecía “según las Escrituras”. Lo comprendía María, la madre de Jesús, que “meditaba en su corazón” todo lo que acontecía y lo expresa en su “Magnificat”, “según su Palabra”. Lo comprendieron los discípulos de Emaús, cuando el misterioso caminante les explicaba las Escrituras en relación a lo sucedido en Jerusalén aquellos días.
El misterio de María y de José estaba anunciado en las Escrituras, pero alguien tendría que desvelar el enigma. En ellas encuentran María y José su identidad,  su razón de ser, su complicidad. María y José se saben invitados a hacer una lectura creyente de la realidad que viven, a la luz de la Palabra.
José pudo entender su rol en la historia de María y de Jesús gracias a su conexión con las Escrituras: ellas le revelaban quién era el Espíritu que descendió creadoramente sobre María, el sentido de la huida a Egipto y del retorno a la tierra, el porqué en sueños se le manifiesta la voluntad divina de acoger a María, el porque del sentido revelador de sus sueños.
José es como un nuevo Elías que se encuentra con la viuda de Sarepta y tiene con ella un encuentro nupcial, sin procrear un hijo (1 Rey 17) y, reunidos por Dios, para que no mueran ni ella ni su hijo.
María y José son los esposos que Dios ha unido. Ellos anuncian unas bodas diferentes pero de fecundidad plena. Forman el matrimonio transubstanciado, transfinalizado, transsignificado. Jesús se identificará con el Esposo, el misterioso Esposo de una gran comunidad convocada desde todos los extremos de la tierra.

¡Hosanna al hijo de David!

El nombre de “José” significa la adición de un hermano que va a venir. En los evangelios José es el hijo de David que dejará a Jesús, el hijo de David, entrar en su reino. El esposo de María es “hijo de David”
José pertenece a una tribu en la cual los padres son puestos siempre en interrogante: o mueren demasiado pronto, o no quieren tener hijos o buscan atribuir el hijo concebido a otro padre. José no es el padre biológico de Jesús. En cierta manera, la genealogía se para en José y no continúa hacia adelante.
Pero es José el que hace entrar a Jesús en esta genealogía, en esta tribu y el mismo le da la heredad de todo el pasado de Israel. José se siente autorizado, leyendo las Escrituras, para concederle a Jesús la sucesión davídica, como Samuel se la concedió no al hijo de Saul, Jonatán, sino a David de Belén.
José y María heredan una tradición de mestizaje. A ellos les toca el mestizaje más inaudito e insospechado: Dios toma carne humana. María está encinta por obra del Espíritu Santo y José acoge, en la tribu de Judá -experta en mestizajes- al Niño de María que nacerá en Belén.
José es “hijo de David”. Jesús también es aclamado por el pueblo como “hijo de David”. José, que no era el padre biológico, se sintió autorizado para introducir a Jesús, divino-humano, en la dinastía de Judá, en la dinastía davídica, para que tomara posesión de esa gran comunidad mestiza que lo podría en contacto con todas las naciones de la tierra. Ante una mujer cananea, Jesús se admiraría de su fe. Y le diría: “hágase según tú quieres”. Lo mismo que Jesús le diría a su Abbá en Getsemaní: “no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”.

¡José desaparecido!

Es propio de los personajes de reparto: aparecen y pronto desaparecen. Así fue el gran sacerdote Melquisedec, ante quien se inclinó Abrahám, pero de quien la Escritura guardó un extraordinario recuerdo, que dio mucho que pensar. También José desaparece de los Evangelios antes de morir.
José es el hijo que desaparece, el Esposo que desaparece, y deja a la Esposa viuda. También Jesús fue el hijo y el esposo que anunció su desaparición y desapareció.
Esa es la misión de un hijo: desaparecer para ser asumido totalmente en Dios Abbá y permitir a otros recorrer la aventura de los hijos de Dios. José, antes de Jesús, entendió aquello de “conviene que yo me vaya”, que desaparezca, como el precursor: “he de dejar paso a otro”. María y José desaparecen para dejarnos ser, a nuestra vez, hijos y esposos, hombres y mujeres de Dios. El Espíritu del origen, provee a la continuación del miste

sábado, 14 de abril de 2012

Creer en el Resucitado

Domingo de Resurrección (B) Juan 20, 1-9
MISTERIO DE ESPERANZA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA,04/04/12.- Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la Humanidad y en la creación entera.
Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, queden olvidados para siempre.
Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.
Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: “Entra para siempre en el gozo de tu Señor”.
Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un “Dios oculto” del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.
Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el Reino.
Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.
Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las “huellas” que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.
Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: “Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida”. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas porque todo eso habrá pasado. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

miércoles, 31 de agosto de 2011

Homilía de Clausura de la JMJ


MADRID, 21.08.2011; 10:30
Cuatro Vientos

Queridos jóvenes:
Con la celebración de la Eucaristía llegamos al momento culminante de esta Jornada Mundial de la Juventud. Al veros aquí, venidos en gran número de todas partes, mi corazón se llena de gozo pensando en el afecto especial con el que Jesús os mira. Sí, el Señor os quiere y os llama amigos suyos (cf. Jn15,15). Él viene a vuestro encuentro y desea acompañaros en vuestro camino, para abriros las puertas de una vida plena, y haceros partícipes de su relación íntima con el Padre. Nosotros, por nuestra parte, conscientes de la grandeza de su amor, deseamos corresponder con toda generosidad a esta muestra de predilección con el propósito de compartir también con los demás la alegría que hemos recibido.
Ciertamente, son muchos en la actualidad los que se sienten atraídos por la figura de Cristo y desean conocerlo mejor.
Perciben que Él es la respuesta a muchas de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién es Él realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha vivido sobre la tierra hace tantos años tenga algo que ver conmigo hoy?
En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13-20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.
Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena. Queridos jóvenes hoy también Cristo se dirige a
vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.
Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.
Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.
De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás.
Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.
Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen María, para que ella os acompañe siempre con su intercesión maternal y os enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios. Os pido también que recéis por el Papa, para que, como Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a sus hermanos en la fe. Que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza. Amén.


miércoles, 27 de abril de 2011

Un padre decepcionado


Dibujo de Adam Smith, hecho por J. Jacks y C. Picart.

Adam Smith es considerado el "padre del capitalismo", pero ¿qué pensaría de esta crisis financiera?
En vísperas de la conferencia en la Universidad de Glasgow para marcar el 250º aniversario de la publicación de su libro "La teoría de los sentimientos morales", un renombrado académico alega que Smith se habría desilusionado al ver cómo funciona el capitalismo moderno.
El profesor Christopher Berry es el vicedecano de la facultad de Derecho, Comercio y Ciencias Sociales de la Universidad de Glasgow.


Adam Smith es uno de esos pensadores cuyo trabajo es más conocido que leído; (Sigmund) Freud, (Carlos) Marx y (Charles) Darwin son otros que se me ocurren.
De una manera aparentemente perversa, el actual clima financiero, que ha generado cierto renovado interés en Marx, también está llamando nuevamente la atención al legado de Smith.
El Adam Smith de renombre popular es "el padre del capitalismo", el abogado de las "fuerzas del mercado", el enemigo de la regulación gubernamental y el creyente de algo llamado "la mano invisible" que produce resultados económicos óptimos.
No obstante, si nos ponemos a leer a Smith, esas atribuciones pueden parecer simplificaciones flagrantes.
Si preguntan que habría pensado Smith de los "paquetes de préstamos asegurados" o de las "deudas tóxicas" y lo demás, su respuesta habría sido, seguramente, que estas prácticas iban en contravía con todo lo que trató de enseñar.
Smith era antes que nada un maestro. Era profesor de lógica y luego, un año más tarde, en 1752, fue profesor de filosofía moral en la Universidad de Glasgow, donde había estudiado.
Mantuvo su cargo hasta que cambió su vida académica, en 1764, por la de tutor personal, un arreglo que le ofrecía la seguridad financiera necesaria para convertirse en un experto independiente.
Todo su trabajo está permeado de filosofía moral y es esa inquietud que lo impregna todo la que lo haría criticar la manera en la que se maneja la economía contemporánea.
Si el es "el padre del capitalismo", sería un padre decepcionado.
Escribió dos grandes libros y las semillas de ambos fueron sembradas en sus años de profesor en Glasgow.
Posición moral

Universidad de Glasgow - foto del sitio de la Universidad.
Smith consideró las ideas que plasmó en sus libros en los salones de clase de la Univ. de Glasgow.
La "Teoría de los sentimientos morales" apareció en 1759 y sus conferencias la alimentaron.
Fue revisada seis veces durante su vida y una edición final, que contenía extensivas revisiones, apareció en el año de su muerte (1790).
Lo que el simple hecho de esta cronología nos dice es que el compromiso de Smith con la visión moral se mantuvo durante y después de la publicación de su segundo gran libro, "Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones" (o simplemente "La riqueza de las naciones"), publicado en 1776.
A pesar de que para esa fecha Smith ya se había ido de Glasgow, sabemos, por las notas que aún existen tomadas por estudiantes, que ya había estado estudiando muchos de los principales temas en los salones de clase de Glasgow.
En los "Sentimientos morales", Smith trata la filosofía moral no como la delineación de unas recetas racionales o divinas sino como la forma de capturar la interacción de los sentimientos, emociones u opiniones humanas en los escenarios reales de la vida.
En muchos sentidos, es un libro de psicología social y moral y de sociología. Eso significa que debemos entender cómo las sociedades y los individuos funcionan no como compartimentos separados sino como parte de un todo complejo.
Ciertamente, uno de los temas clave del libro es la oposición a la visión de que toda la moralidad o virtud se puede reducir al interés personal, como si los individuos operaran aislados preocupados solamente de su propio bienestar.
Su primera frase declara que la experiencia humana cotidiana prueba que eso es falso.
Escribe: "Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de estos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla".
Nuestra moralidad esta basada en ciertas verdades sobre la naturaleza humana. Todo el mundo es capaz de sentir compasión, o simpatías, y esa habilidad nos permite imaginar lo que sentiríamos si estuviéramos en una u otra situación y, una vez hemos dado ese salto imaginario, podemos juzgar si esos sentimientos son apropiados.
Cuando Smith escribió la "Riqueza de las Naciones" dejó claro que la "riqueza" dependía del bienestar de la población.
"Virtudes mentales"

Dibujo de Adam Smith circa 1780.
Para Smith, la actual crisis demuestra no las fallas intrínsecas del sistema sino lo que pasa cuando su dimensión moral es extraída o descuidada
Eso cubría no sólo su prosperidad material sino también su bienestar moral.
Bajo esos parámetros, pensaba que vivir en la pobreza era tanto estar en una condición miserable como vivir condenado a hacer tareas repetitivas y limitadas (como afilar clavos varios miles de veces al día), algo que perjudicaba nuestras "virtudes mentales" y "morales".
Smith nunca separó lo que llamamos la conducta económica del contexto moral en el que ocurre.
Su vigilancia del marco moral general significa que está lejos de excluir al gobierno de interferir en el "mercado".
Así, esos afiladores de clavos merecen intervención pública (vía la educación) para compensar el daño causado por su empleo.
Y habló mucho sobre los bancos, cuya conducta evaluó no en particular sino en general.
Con asombroso acierto escribió, en "La riqueza de las naciones", que aunque las regulaciones podían limitar la libertad de los banqueros para hacer lo que querían, eran totalmente justificadas, de la misma manera en que la obligación de instalar paredes para evitar que se extienda un incendio limita la libertad de los arquitectos.
Smith, obviamente, no es Marx -él sí piensa que un sistema libre es preferible-, pero la famosa crítica de Marx al capitalismo porque aliena a los empleados de una vida satisfactoria es un eco de la crítica que Smith -el defensor del capitalismo- ya había hecho.
Si la crisis del capitalismo provoca un retorno a Marx como su mejor crítico entonces debe impulsarnos a hacer más que conocer el nombre del pensador más asociado con la celebración del capitalismo.
Para Smith, la actual crisis demuestra no las fallas intrínsecas del sistema sino lo que pasa cuando su dimensión moral es extraída o descuidada.